martes, 22 de mayo de 2018

EL JUICIO (1975)





A todos aquellos que sufren la "justicia" de la Justicia.



Había una vez, un país, que, según el decir de sus gentes, era uno de los más civilizados del mundo.

Tenía un porcentaje muy bajo de analfabetismo, eso, al menos, decían los periódicos  y nadie, nunca, reclamó nada. No se comían a los niños, no mataban a las ancianitas, tenían ricos hacendados y empresarios con muchos millones en las arcas suizas y pobres obreros en paro, sin trabajo y sin comida, en fin, un país civilizado.

La mayor parte de la cultura de este  país, se hallaba vinculada a una religión, a la que todos o casi todos, eran muy devotos. Y todas las semanas se reunían, al menos, una vez, en sus templos y rezaban a su dios y pedían perdón por sus pecados y se perdonaban. los unos a los otros.

Dentro del templo no había distinción de clases ni de razas, todos eran iguales. Sin embargo, al día siguiente, los unos seguían pisoteando a los otros y éstos seguían muriéndose de hambre, como era normal en la era civilizada.

Tenían, en este país, un muy desarrollado sentido de la moral y criticaban duramente, que en otros países la gente no pudiera tener la libertad necesaria, que hubieran fuertes enfrentamientos raciales entre blancos y negros, que las grandes potencias mundiales fomentaran las guerras o que, en pleno siglo XX, hubiera países que castigaran los delitos con penas como las de cortar una mano, sacar un ojo, etc.

Su religión era perfecta y, cualquiera que la entendiese bien y siguiera, al pie de la letra, sus sugerencias, podría llegar a ser un ser humano de verdad. Les enseñaba cosas como amar, ayudar y respetar al prójimo, les enseñaba a perdonar y les prohibía cualquier mala acción, como matar, robar, envidiar, mentir, etc.

Pero, un día, uno de aquellos hombres tuvo un arrebato y se reveló, de repente, contra todos sus principios y leyes: cometió un asesinato, quitó a otro hombre el derecho a la vida.

Todos, en el país, quedaron constermados y apesadumbrados, al enterarse de la noticia. ¿Cómo podía ser, que un ser humano se hubiera convertido en un asesino, en un ser cruel y desalmado?

No podían permitir que, alguien así, corriera libre por sus calles e, inmediatamente, indignados, emprendieron la búsqueda del asesino.

Lo buscaron, como verdaderos perros, por todas partes y no quedó ni un solo rincón del país por rastrear. Todos hicieron lo imposible por encontrarlo.

Sin embargo y, a pesar de la búsqueda, no descuidaban sus deberes religiosos y, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán la misericordia."

Y, por fin, tras larga búsqueda, lo encontraron. Y fue encarcelado, en espera de juicio como, dictaba la ley, debía hacerse con todos los delincuentes.

Posiblemente, él pensó mucho en la cárcel y, posiblemente, se arrepintiera, porque le vieron llorar, pero no había oídos para él ni tristeza por su llanto. Había cometido una falta y debía pagar por ella. Sin embargo, se reunían, una vez a la semana, en sus templos y rezaban:

"Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados."

        El asesino fue juzgado, fue juzgado, desde un principio, por miles y miles de hombres como él, iguales a él, que habían sabido aceptar las reglas y permanecían fieles a sus leyes. Y fue condenado a muerte por aquellos hombres que, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"Perdonar las injurias, sufrir con paciencia los defectos del prójimo..."

Y, el hombre, el asesino, pidió perdón y muchos más, compadecidos, pidieron perdón por él y algunos lloraron, pero nadie escuchó sus ruegos, sus suerte estaba decidida, debía redimir su falta...

Y, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"...enseñar al que no sabe, corregir al que yerra..."

Y, un día, en pleno siglo XX, un hombre, triste y lloroso, fue ejecutado. Él fue muerto, porque había matado. Mientras, millones de personas, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"NO MATARÁS"



10-4-75


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