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viernes, 14 de septiembre de 2018

PATRICIA o el arte de aprender a vivir Cap. 5





V



Fuimos a cenar a un pueblo cercano y alejado de la ciudad "lo suficiente, como para pasar desapercibidos", pensé, en mi elucubración monotemática, pero la verdad, es que en el restaurante al que me llevó, un lugar rústico y muy bien atendido, cenamos las mejores especialidades típicas y probamos los mejores caldos de la rivera del Duero. Todo exquisito.

           Yo me sentía "tocado" por la naturalidad con que ella me seguía hablando de trabajo, como si no se hubiese dado por enterada de mis verdaderas intenciones, que yo sabía que se me notaban.


           Tanto en el trayecto desde el hotel, como durante la cena, ella no paraba de hacer reflexiones sobre todo lo que había que remodelar en las cinco oficinas de su zona y la importancia de establecer nuevas dinámicas. Yo intenté "aparcar" el tema varias veces, pero, realmente, aquel era un viaje de trabajo, al margen de mis fantasías, así que, "aparqué" mis tonterías y continué trabajando.


Además, me tenía completamente alucinado su capacidad de organizar y sus dotes de mando. Algo habría aprendido de mi, supuse, e incluso hubo momentos en que me sentía como manso a su disposición, subalterno y estúpido, a la vez, por haberme encaprichado de un imposible y lo peor era que cuanto más inaccesible se encontraba, más atraído me sentía. 

Cuando terminamos la cena, "mi nueva jefa", como la llamé un par de veces, a modo de elogio, por sus dotes de mando, pronunció la frase que había estado esperando toda la noche: 

- Bueno, jefe, demos por terminada la jornada laboral ¿Quieres tomar algo?

- ¿Aquí?

- No, te voy a llevar a un sitio que te va a gustar.

Te voy a llevar a un sitio que te va a gustar, me había dicho y, como siempre me ha ocurrido con ella, nunca sé si me está hablando en serio o está jugando conmigo. ¿Había un brillo pícaro en sus ojos o eran mis ganas de de que así fuera? De perdidos, al río, pensé y me dejé llevar nuevamente a mi nube. Al fin y al cabo, me paso la vida enseñando que solo fracasa el que se retira.

 Entramos en una especie de sucedáneo de discoteca, mezcla de pub y bar de alterne, oscura como una gruta y nos dirigimos a la barra. Y, otra vez, todas mis expectativas se desmoronaron. La edad media de la parroquia rondaba los cincuenta años. Las miradas babosas de los mil calvos que llenaban la barra se clavaron sobre nosotros, mejor dicho, se clavaron sobre ella, sobre su culo, sobre sus pechos, la desnudaban con la mirada, se la follaban con la mirada y después me miraban a mí, de reojo, con envidia.

Las cucufatas se movían bajo las luces de colores de un escenario-pista de baile, sin ningún pudor, luciendo, sin complejos, sus rollizos cuerpos de cuarentonas, alisados y apretados por las fajas, al son de una música hortera y pachanga.

Sentí, de pronto, como si me hubieran volcado por la espalda el agua helada de la cubitera del hielo. De modo que, así era como ella me veía, como un viejo trápala en busca de echar las garras sobre un tierno bocadito, un cuarentón quemado, buscando sangre fresca para endulzar la vida.

No sabía si estaba indignado o avergonzado. O las dos cosas a la vez. Ella debió leer en mi rostro la decepción, era inevitable, ni todo el marketing del mundo me hubiera servido para disimular mi estado, y con tono jocoso y aire de inocente me pregunto:

-¿Qué, jefe, te gusta?

Nuevamente, sus ojos me desconcertaron. No sabía si era así de natural o si, por el contrario, era un bicho que jugaba con su presa antes de devorarla. Intenté disimular al máximo lo que sentía. De buena gana hubiera salido corriendo en ese mismo instante y me hubiera montado en el coche para salir huyendo de aquella situación. Me sentía ridículo, envejecido de repente y totalmente fuera de contexto. ¿Cómo se me había pasado por la cabeza que aquella chiquilla pudiera demostrar el más mínimo interés por mí? Pero si podría ser su padre. Estuve a punto de correr a los lavabos, necesitaba una tregua para poder posicionarme de nuevo, pero ¿cómo la iba a dejar allí en medio, con tanto buitre alrededor? Con toda la dignidad que me fue posible, que no era mucha, intenté esbozar una sonrisa antes de contestar. Ella miraba a un lado y a otro, como si la película no le afectase.

-No es éste precisamente el tipo de sitio que yo frecuento… Yo…

-¿No te gusta? Gente madurita, ambiente tranquilo… A mí me gusta. ¿Prefieres algo con menos marcha? Si quieres, nos tomamos una copa y nos vamos a otro sitio…

Su mirada picarona se burlaba de mí. Me sentía muy torpe. No alcanzaba a averiguar cuál era su juego. ¿Estaba coqueteando conmigo o me estaba castigando por tener la osadía de pretender algo con ella? ¿Era tan ingenua que no advertía como se la comía todo el mundo con los ojos o estaba traveseando con todos nosotros, ingenuos pardillos? Pedí dos copas. Ella tarareaba la rumba que estaba sonando y movía sus caderas, como solo ella sabe hacerlo. Yo la observaba en silencio. Aunque hubiera querido, no habría sido capaz de instrumentar palabra sin tartamudear. Cuando el camarero nos sirvió las copas, bebí la mitad de la mía de un trago.

-¿Tenías sed o es que te bebes los güisquis siempre así? –seguía jugando. Esto me envalentonó de nuevo.

- Oye, Patricia, no sé qué juego te traes, pero sabes perfectamente que este no es mi ambiente. Sé que tengo edad suficiente como para ser tu padre, pero los tiros van por otro lado… 

 - No me dejó terminar, pasando su índice por mi corbata, se mordió levemente el labio inferior con un gesto que me hace perder siempre los papeles y clavó sus ojos en los míos.

- Mmmm ¡qué excitante! Podrías ser mi padre... Pues, no pareces tan mayor. De todas formas, tiene mucho morbo ¿no crees?

Taquicardia, el corazón iba a reventarme en el pecho. Aquella presunta ingenua era una loba que estaba jugando conmigo, como si fuera un quinceañero o, lo que era peor, como si fuera un abuelete. Una pareja se acercó a la barra por detrás de Patricia y ella se acercó a mí. Estábamos pegados el uno al otro y me sentí encendido, ella no paraba de contonearse y tararear con toda naturalidad y yo tuve que sentarme en el taburete que había a mi espalda, para que no notase lo que se había despertado en mis pantalones.

-¿Estás cansado? Ahora que te iba a pedir que me sacaras a bailar…

-Mira, Patricia, no sé…

-¿Pedimos otra? A mí también me has dado sed.- volvió a interrumpirme con habilidad.

Seguía sistemáticamente su juego. Estaba claro que era un juego, porque no podía ser tan ingenua o, de lo contrario, era subnormal profunda. Con mi nueva posición al sentarme en el taburete, fue inevitable que una de mis rodillas quedara justamente entre sus piernas. No hice nada por moverla, era la prueba de fuego. Ella siguió moviéndose como si nada. Yo iba a reventar. Notaba el sudor bajando por mi frente, por mi espalda, por la palma de mis manos. Me adelante hacia su boca y volvió la cara para pedirle al camarero, que acababa de acercarse a nuestra llamada.

Ya no estaba nervioso. Estaba furioso. Aquella niñata estaba tomándome el pelo como le venía en gana. Ahora se había colado entre mis piernas y, por fuerza, tenía que estar sintiendo sobre su cadera la presión mi paquete a punto de reventar. Se volvió hacia mí, me miró un instante con la mirada vaga, como perdida en otros pensamientos y se apartó rápidamente.

-Voy al lavabo. No te vayas…

La vi alejarse por entre las mesas. Tenía el culo más bonito que había visto en mi vida y lo movía sabedora de su poderío. Era inevitable volverse, a su paso, para observarlo. Por mi parte, había recuperado el ánimo, pero me encontraba totalmente fuera de juego, aquella chiquita no era la infanta inocente que me había imaginado, sabía mucho y yo intuía que sabía mucho más de lo que yo podía imaginarme. Eso me excitaba aún más. Era una Lolita y yo quería que fuera mi Lolita. Decidí no andarme más por las ramas, si dejaba que ella siguiese dirigiendo el juego, estaba perdido, así que debía pasar a la acción inmediatamente. Cuando volvió del lavabo, estaba más seria.

- Creo que he bebido demasiado -dijo- nos tomamos esta copa y nos vamos.

- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

- No, pero no me gusta perder el control. Y he bebido demasiado.

- Pero, tampoco, creo que sea para ponerse tan seria. Digo yo…

Rompió a reír y con la cara más dulce de su repertorio, me dio un beso en los labios.

- ¡Claro que no, tonto! No me pasa nada. Pero he bebido demasiado y me quiero marchar. Además, mañana me espera un día muy duro. Tengo que hacer oficial mi nombramiento. Soy una mujer con responsabilidades. Así, que tendré que acostarme temprano para estar fresca. Y sin resaca…

¡Maldita sea! ¡Otra vez me había descolocado! La puñetera, bien por azar, bien por instinto, dominaba constantemente la situación. Sin acabar de tomarnos la copa, pagué y sugerí que nos marcháramos. Una vez fuera del local volvió a preguntarme entre risas que qué me había parecido, le pasé la mano por encima del hombro y le dije que era lo más parecido al Parque Jurásico de Spieldberg que había conocido y que al volver a la Central daría un informe negativo de ella por haber intentado torturarme.

- Primero intentas llevarme al huerto y casi lo consigues y ahora, esto… No sé, no sé, pequeña, pero tu meteórica carrera, es posible que haya acabado aquí mismo.

¡Qué cerdo! No había podido resistirlo. Aunque fuera en broma, acababa de rozar la fórmula de la extorsión o, al menos, eso sentí. No volví a hacer ni mención, si no quería estar conmigo por mí, no quería que estuviese por mis chantajes. Creo que incluso llegué a ruborizarme y no volví a abrir la boca hasta que estuvimos dentro del coche.

- Bueno, ¿dónde vamos ahora? –pregunté.

- ¿Te importa llevarme a casa? Estoy muy cansada y no puedo seguir bebiendo.

- ¿No vamos a tomarnos la última copa en el hotel?

- Se va a hacer muy tarde entre que vamos y vuelvo a mi casa y mañana tengo muchas cosas que organizar…

- No hay problema, me has reservado una preciosa habitación doble. Duermes conmigo…

Eso es, chaval, de perdidos al río, total, era la última oportunidad que tenía y no quería darle más coba al asunto. Estaba seguro de su respuesta evasiva, pero, al menos, lo habría intentado. No podía volverme a casa sin la seguridad de que había hecho todo lo posible para estar con ella. Era lo mínimo, me lo debía a mí mismo, después de haber estado durante tanto tiempo comiéndome el coco y si le sentaba mal, mala suerte. Puse en marcha el coche mientras esperaba su respuesta y cuando habló, casi me estrello contra una valla.

- No, quedarme a pasar la noche, no puedo. Si mi madre se levanta mañana y no estoy en mi cama, le da un patatús. Y beber más, no, ¿vale?

Los latidos de mi corazón se aceleraron como nunca me había ocurrido, retumbaban detrás de mis orejas y me daba la sensación de que hasta ella podía oírlos.

- Vale, no más bebida y no te quedas a dormir. Luego te llevo a casa.

- ¿Vas a hacer eso?

- ¡Por supuesto!

Haría eso y llevarla a la Luna, si fuera necesario. No sabía cuánto estaba dispuesto a hacer por pasar unas horas con ella en la intimidad. Daría media vida.

- Bueno, entonces, vamos. De todas formas, iba a tener que acompañarte. Con lo apartado que está el hotel y sabiendo como te orientas, seguro que ibas a estar toda la noche dando vueltas por la ciudad sin encontrarlo.

No sé que cara puso al asentir. No podía mirarla. Mis ojos se empañaron de emoción y no quería que lo notase. Intenté disimular con una respuesta graciosa, que casi me traiciona.

- No te quepa la menor duda. Aparecería mañana sentado en un bordillo y llorando, como un niño perdido en unos grandes almacenes. Pero, ahora me voy a fijar o vamos a tener que estar toda la noche del hotel a tu casa, de tu casa al hotel...

- ¡Que tonto eres! Siempre me haces reír en las situaciones más serias y esta es bastante seria. Eres mi jefe y no sé si hago bien en…

- ¡Oye, oye, oye! No me hables de trabajo. Son las tantas y no estoy de servicio y espero que tú tampoco. ¿Con quién estás ahora, con Don Rodrigo o con Rodrigo? – volvía a estar recuperado, tras la concesión y hasta me atrevía a jugarme la respuesta.

- ¿Por quien me tomas? ¡Jamás me acostaría con nadie por asuntos de trabajo!

No sé por qué, le di las gracias y tomando su mano, la acerqué a mis labios y la besé con suavidad. Ella se arrebujó en el asiento y dejó caer su cabeza sobre mi hombro. No hubo más palabras, la música de mi banda sonora particular nos acompañó a destino.

Cerré la puerta de la habitación. Ella inspeccionó el baño, los armarios, el mueble bar, las camas, como una profesional de las relaciones públicas. 

-¿Te gusta la habitación? –preguntó y sin esperar respuesta, continuó- Está muy bien. Me tenía preocupada porque nunca he estado en este hotel y no sabía si te iba a gustar.

La cogí por el brazo y la volví hacia mí. Parecía como si intentara disimular la situación, como si realmente hubiera subido a dar el visto bueno a la estancia y se dispusiera a marchar, una vez cumplida la misión de dejarme instalado.

-Si tú estás conmigo, hasta el cuartucho de una mísera pensión me parecería una suit real.

Tomé su rostro entre mis manos abiertas, ella bajó la mirada, sus largas pestañas acariciaron sus pómulos, me parecía la criatura más bella que jamas estuvo tan cerca de mí. Comencé a besarle en los labios, en los ojos, en la cara, suavemente, lentamente, no había ninguna prisa, necesitaba vivir ese momento, recrearme en él, convencerme de que era verdad, de que mis fantasías de los últimos seis meses se estaban convirtiendo en realidad. Comencé a desabrocharle la camisa lentamente, sin dejar de besarla ni un instante su cuello, sus pechos, ella seguía con los ojos cerrados, dejándose hacer, su respiración producía un suave ronroneo, como el de una gatita y yo estaba excitado como no recordaba haberlo estado nunca.

De pronto, sus manos bajaron por mi cintura y comenzaron a desabrochar mis pantalones, abrió los ojos y algo había cambiado en ellos. Su mirada dulce y tímida de gatita, se había tornado poderosa e incisiva como la de una pantera y me miraba fijamente, como queriendo asustarme. Me empujó hacia la cama y me hizo caer sobre ella, sin dejar de mirarme fijamente me despojó de la ropa y mi calzado y comenzó a lamer mis pies lentamente mientras terminaba de desnudarse.

Su lengua avanzaba lentamente por mis piernas y ahora era yo quien se dejaba hacer, estupefacto por la metamorfosis que estaba presenciando. Su rostro angelical se había convertido, su mirada felina amenazaba con devorarme, sus movimientos ágiles y lentos se apoderaban de mi cuerpo con la elegancia de una fiera de presa al acecho.  No dejaba de mirarme mientras recorría con su lengua cada centímetro de mis ingles y jugueteaba con mi sexo dentro de su boca.

Estaba sorprendido, casi asustado, aquella dulce criatura de la que había estado prendado, a la que había idealizado hasta extremos de devoción, aquel ser inocente que había jugado a despistar, cuando le había hecho propuestas, se había convertido en una adulta experimentada, que me miraba a los ojos, con los pelos cayendo sobre su rostro y mientras chupaba mi sexo, entornaba los suyos y me miraba con cara de golfa. Un estremecimiento me embargó todo el cuerpo, bajé mis manos para estrechar su cabeza y se zafó de ellas violentamente mientras me seguía mirando retadora. 

Nunca, en mi vida, había sido tratado así. Estaba teniendo uno de los mejores momentos de mi vida y me sentía como drogado de placer y satisfacción. 




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lunes, 10 de septiembre de 2018

PATRICIA o el arte de aprender a vivir Cap. 4




IV

Una vez escapé del laberinto de la capital, llegué a destino a la hora de comer. Durante el almuerzo estuvimos todo el tiempo hablando de trabajo. Estaba bellísima y la seriedad que le imponía la situación, la hacía mucho más interesante. Quería parecer responsable y se esforzaba por colaborar ante cualquiera de mis preguntas. Deseaba aquel puesto y se le notaba, pero no estaba segura de que le fuera asignado, ya que durante meses, el traidor que le había precedido se había dedicado a hacer contra propaganda. Y, tanto para ella, como para el resto de la plantilla, el staf directivo era algo menos que una guarida de hienas y buitres capaces de devorar las entrañas del primero que se pusiera a tiro. 

No fue difícil recuperar su confianza. Ella creía en mí y como todos los que han pasado por mis aulas de formación, estaba contagiada. Es como si usted nos inoculara un virus, me llegaron a decir en cierta ocasión, habla con tanta seguridad y convicción en lo que hace, que es difícil sustraerse a enfermar de ese espíritu de empresa del que nos habla. Aquello no dejaba de ser un halago, pero a mí me gustaba comprobar, en situaciones como la que me ocupaba, que no estaba exento de cierto fondo de realidad. Diseminados por toda la geografía tenía un equipo de colaboradores que eran míos, mis muchachos, como una segunda gran familia que confiaba en mí como en su tutor y que siempre estarían dispuestos a dar un paso hacia delante con fe ciega, seguros de que mis instrucciones les conducirían al éxito. 

- ¿Quieres seguir dirigiendo la plaza?- Cuando oyó mi propuesta, sus ojos se iluminaron y se clavaron en los míos.

- Es lo que más deseo,  –respondió sin dejar de mirarme- sé que no hemos estado dando el rendimiento adecuado durante los últimos meses, pero espero demostrarle que se puede mejorar mucho. Esta plaza tiene muchas posibilidades aún por explotar y creo que si usted me ayuda, podré desarrollarla a la perfección en menos de un año.

- De acuerdo, el puesto es tuyo, pero ya sabes que los cargos no son vitalicios, hay que ganárselos día a día, con resultados y no con promesas. Espero no tener que justificarme en la central por haber tomado una decisión equivocada.

- Le prometo que no le defraudaré. Puede estar seguro. 

Aquellos ojos claros bañados por una mezcla de satisfacción, orgullo y temor ante la nueva responsabilidad, me volvían loco. Intentaba mantener la serenidad y tuve que enganchar mis pies por detrás de las patas de la silla para no levantarme y coger aquella preciosa cara y llenarla de besos. Ella parecía no percibirlo, aunque nunca he estado seguro y, como para ayudarme, cambió la vista y cogió la botella de vino.

- ¿Le ha gustado la comida? No me dirá que en esta tierra no tenemos el mejor vino del mundo, sangre de dioses le llaman…

- Y tienen razón, pero, apéame el tratamiento y tutéame, no soporto que mis jefes me hablen de usted. Al fin y al cabo, somos marineros del mismo barco...

- Pues no sabes cuanto te lo agradezco, a mí me estaba costando horrores hablarte de usted. Cuando oigo a los demás llamarte Don Rodrigo, me parece una injusticia, el don hace mayor y distancia. Y tú eres muy buena persona, se te nota en la cara… y en los hechos, todo el mundo habla muy bien de ti.

- Gracias.

- No, es la verdad, todo el mundo lo dice, que, una vez que se te conoce, eres una bellísima persona y que gracias a ti, la empresa está llena de gente que cree en lo que hace.

Se estaba soltando y yo esperaba salir levitando de un momento a otro del comedor del restaurante. ¿Por qué las mismas palabras, oídas tantas veces antes, en boca suya sonaban a declaración? No podía dejar de pensar en nuestro anterior encuentro, tan distante, tan fugaz, pero a la vez tan intenso para mí, que había reavivado el fuego que me consumía en lo más íntimo. ¿Sentiría ella algo parecido o simplemente era reconocimiento por haber depositado mi confianza en ella? Tal era mi excitación que no me importaba recurrir, si fuera necesario, a este reconocimiento para atraerla a mí, para conseguir que aquella admiración profesional se convirtiera en amor. Amor, bonita palabra y corta…

 Levanté mi copa y brindé por ella y por el comienzo de una larga carrera llena de éxitos. 

Volvimos a la oficina. Todo estaba en orden y poco más había que añadir. El asunto profesional estaba zanjado. De hecho, había quedado zanjado, días antes, con la toma por sorpresa de las instalaciones por parte de un auditor y la firma voluntaria de la renuncia del anterior jefe. Aquel baboso nos lo había puesto fácil al confesar y firmar que había estado apropiándose de información para venderla a la competencia.  Mi misión, pues, era únicamente de reafirmación de las personas que quedaban en la plaza y la confirmación de que Patricia sería una buena sustituta para el puesto y la persona idónea para ostentar el cargo.

En realidad, según pude comprobar, había sido ella quien había estado llevando los asuntos durante los últimos diez meses. Serás mi persona de confianza, le había dicho su jefe, y desde entonces, todo había pasado bajo su supervisión. Por lo tanto, poco había que enseñarle que ya no supiese, tan sólo una cosa, que ya le había quedado clara: nunca se debe morder la mano que te da de comer, aunque a veces, te maltrate.

Cuando volvimos a salir de la oficina, una única idea cruzaba mi cabeza, pero no sabía como debía conducirme para llevarla a cabo. Todo cuanto había estado pensando durante meses empezaba a entreverarse en una maraña de la que no se veía ningún cabo. Empecé a dudar. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás sin al menos intentarlo.

-Vamos a tomar algo - No era una pregunta, era una orden – aunque, la verdad, lo que necesito es una ducha. Estoy hecho unos zorros.

-Si quieres, podemos hacercarnos hasta el hotel, te das un baño y luego nos vamos a tomar unos vinos y a cenar. Te voy a llevar a un sitio que te va a gustar.

No sé si deliberadamente o no, parecía leer mis pensamientos. Mientras me hablaba con aquella voz que me enamoraba, me miraba a través de sus pestañas, desde abajo, con la cabeza inclinada, evitando el encuentro directo de nuestros ojos. Aquello me devolvió la confianza. Tal vez, no estuviera muy equivocado y el viaje no había sido en vano. ¡Dios, me gustaba cada vez más! Era mucho más bonita de lo que yo recordaba.

Mi coche le gustó. No fallaba casi nunca, de hecho, lo había comprado con esa intención, unos meses antes, cuando me había separado. Era un coche de soltero y me reafirmaba en mi nuevo estado civil. Puse música. Había estado dos días escogiendo y grabando cada tema especialmente para la ocasión, el mejor soul, las canciones más hermosas que se han compuesto nunca, pero sin dejar de tener en cuenta que no debía sonar añejo, no quería que pensara que estaba con alguien capaz de llevarse de maravilla con su padre.

La conversación durante el trayecto fue bastante intrascendente. Yo hablaba maquinalmente, casi sin pensar en lo que estaba diciendo. Mi cerebro no hacía más que darle vueltas a mi plan. ¿Estaría dispuesta a subir a mi habitación? ¿No sería demasiado precipitado? Me moría de ganas, pero no sabía si planteárselo o no. ¿Se acordaría de aquel reto lanzado meses atrás o todo era producto de mi deseo? Ella mientras tanto me hablaba de su ciudad con toda naturalidad. Íbamos camino de mi hotel, pero no había ni asomo de insinuación en la escena. La cabeza me iba a estallar y decidí dejar que los acontecimientos se desarrollaran por sí solos.

El hall del hotel era majestuoso. Cristales y plantas por todas partes. En recepción, la amabilidad de la joven que nos atendió, se contradecía con sus pensamientos, que pude leer en sus ojos, tan claramente como si estuvieran escritos en luces de neón. Primero, su atención perfectamente profesional cuando Patricia preguntó por la habitación que me había reservado, luego, su profesionalidad no fue suficiente para controlar una mezcla de sorpresa, reprobación y censura al mirarme de arriba abajo mientras confirmaba que, en efecto había reservada una habitación doble, sentimiento reafirmado cuando dio la vuelta a mi carnet de identidad y comprobó mi edad. 

-Seiscientos dos, saliendo del ascensor a mano derecha, señor, feliz estancia. -Mientras, realmente quería decir "¿no le parece que es un poco joven para usted, viejo degenerado?".

No quise hacer caso. Seguramente eran imaginaciones mías. Además ¡qué coño! era cierto lo de la diferencia de edad y era cierto que tenía intención de acostarme con aquella criatura, pero ¡qué demonios!, es que los hombres medianamente maduros no tienen derecho a vivir o es que, a lo mejor, había un poco de envidia… Disimulé una malévola sonrisa al agacharme a coger mi equipaje y me dirigí hacia los ascensores. Ella venía conmigo.

-Yo te espero en el bar tomando un café- me dijo.

La sangre se me coaguló en las venas. Sabía yo que era demasiado bonito para que fuera tan sencillo.

-¿Quieres subir y te lo tomas arriba?

- No, no, prefiero esperar aquí abajo. Pero date prisa, que vamos a ir a cenar fuera de la ciudad.

Subí hasta la habitación maldiciendo mi mala suerte. Estaba más desorientado que un crío perdido en unos grandes almacenes. Cuando todo parecía que se me ponía de cara, ella daba un giro de noventa grados y cambiaba de dirección. Esa ha sido una constante en nuestra relación. Sus cambios de sentido siempre me han dejado fuera de juego.

Me metí en la ducha refunfuñando y en diez minutos estaba completamente acicalado. De todas formas, tenía toda la noche por delante para volver a intentarlo. Lo que más me cabreaba era aquella sutil manera, que tenía ella, de despistarme. No estaba acostumbrado a que se jugase conmigo tan descaradamente y, a la vez, de forma tan sutil, que ni siquiera me daba la oportunidad de quejarme, porque no acababa de estar seguro de que lo hacía a propósito, si tenía o si ponía cara de nunca haber roto un plato.

Estaba totalmente colado, embobado, como anulado, yo, el jefe, al que todos tratan con respeto y llaman señor, estaría dispuesto a ponerme a cuatro patas y comer de su mano, si ella me lo pidiera. Me daba miedo, pero quedaba totalmente anulado por la casi devoción, hacia aquella criatura inusual, que me hacía sentir mariposas revoloteando en el estómago. Aunque, lo más seguro, es que no fuera más que hambre.


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sábado, 8 de septiembre de 2018

PATRICIA o el arte de aprender a vivir Cap. 3

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III





            En el mes de diciembre alquilamos las instalaciones de un conocido hotel de la Costa del Sol, para celebrar la convención anual de la firma. A ella asistieron, desde los siete confines, todos los directivos y mandos de la empresa, invitados por la Dirección General de la que yo tenía el orgullo de formar parte como subdirector, tras mi último ascenso, acaecido tan solo unas semanas antes.

            Antes de dar comienzo a la conferencia donde se iban a presentar los proyectos para el futuro año y, tras comprobar con el equipo organizador, que cada cosa estaría en su sitio, en el momento adecuado, como directivo más allegado al grueso del equipo, me tocaba un poco la labor de hacer de anfitrión del evento. Se suponía que, de una  manera u otra, todos habían sido formados por mí y casi todos habían estado a mi cargo directo en algún momento y por lo tanto, yo era la persona idónea para aquel cometido.

           Durante las tres horas previas al comienzo de las actividades, no hice otra cosa que estrechar manos y besar caras de colaboradores y colaboradoras. Todos, lógicamente, se alegraban de volver a verme, por algo, yo era el jefe, muchos con sinceras demostraciones de afecto o agradecimiento por la confianza y las ayudas recibidas, otros con la fingida cortesía del respeto debido. 

           A mí, sinceramente, me ocurría lo mismo, había un grupo de personas a las que me alegraba enormemente de volver a ver y para quienes mis preguntas interesándome por sus asuntos salían directamente de mi corazón, pero para otros, aunque no muchos, la verdad, ponía simplemente en marcha los dispositivos de marketing interno, y he de reconocer, para ser realmente fiel a la verdad, que en algunos casos me sentaba realmente mal, estar hablando con un desconocido-conocido en quien apreciaba un sincero reconocimiento hacia mi persona, preguntándole por la evolución de su departamento, sin llegar a recordar exactamente nada que me diera una pista de algún detalle personal, de alguna conversación, de algún contacto, aunque solo fuera epistolar, que me acercara a él como persona.

           Pero eran cientos los que estaban y otros muchos los que habían estado y ya no estaban y para mí, era imposible situar a cada uno en el lugar que le correspondía. Para estos casos las relaciones públicas siempre se me han dado muy bien y he sabido salir airoso de trances bastante más difíciles.

           Todo transcurrió como se había planeado en la junta directiva. Se hizo un análisis del desarrollo del ejercicio, se presentaron las innovaciones organizativas y de imagen oportunas, se nombraron nuevos cargos y se distribuyeron nuevas zonas. El ambiente de euforia era inevitable, estábamos arrasando en todos los mercados donde entrábamos y habíamos pasado de ser los sextos en el ranking a ser los terceros. Todo fueron parabienes, tanto para el staf directivo como para las direcciones de zona.

           Tras la conferencia, un aperitivo y un almuerzo por todo lo alto. Yo no paraba de trabajar, era una especie de ombusmen dentro de la organización, el anfitrión de toda aquella pléyade de guerreros orgullosos, pavoneando sus triunfos por todo el recinto. Y debía atender, además,  a mis polluelos, sobre todo, a los más nuevos, que andaban  todavía un poco perdidos hallándose un hueco entre aquella marabunta de aves rapaces.

           Mesa por mesa, como en una boda, saludando, felicitando, elogiando, animando y concertando entrevistas para el día siguiente para tratar asuntos que no se podían resolver sobre la marcha o no era el lugar indicado para tratar. Buena comida, buenos vinos, brindis, euforia total.

            Tras el almuerzo, habíamos reservado la discoteca del hotel. Barra libre para todos, apeo de tratamientos y hermandad absoluta, era la consigna. Para casi todos. En estos eventos es cuando un directivo de mis características, más trabaja. La gente se suelta, comienza a desinhibirse progresivamente, se desnuda de cualquier condicionamiento y se muestra como es. Es entonces cuando aflora la realidad, cuando emergen los problemas humanos, sin el maquillaje de las cifras y los resultados, cuando descubres que el nomber one está atravesando una crisis matrimonial que lo tiene al borde de una crisis nerviosa, cuando te enteras, casualmente, que en tal zona alguien intenta prepararte la cama o que en tal zona hay un segundo que podría perfectamente ser cabeza de una nueva zona. Es increíble como, casi de forma imperceptible, el alcohol suelta las lenguas y los comportamientos, como se evidencian los pelotas, los trepas y los oportunistas, como se traicionan a sí mismos los descontentos y como, sin querer, se potencian los futuribles. Es una experiencia que por sí sola debería ser objeto de todo un tratado y tal vez, alguien, algún día lo desarrolle.

            No paraba de hablar. Iba, de un corro a otro, recibiendo muestras de agradecimiento y de admiración, felicitaciones por mi reciente nombramiento, comentarios elogiosos y reprobatorios, plácemes y quejas y muchas invitaciones a bailar que, muy cortésmente rechazaba alegando cansancio. El procesador de datos de mi cerebro no paraba de trabajar y de urdir los cambios necesarios que habría de practicar en cada zona en los próximos treinta días, mientras controlaba que todo el mundo estuviera bien atendido y a gusto. Necesitaba que la convención fuera un acontecimiento difícil de olvidar para todos ellos.

            De repente, en medio de toda aquella algarabía, alguien se interpuso en mi camino cortándome el paso intencionadamente.

            -Hola, jefe, ¿te acuerdas de mí?

             Me sonaba su voz, como la de alguien con quien había hablado varias veces últimamente y me sonaba su cara de haberle dado el curso (¿cómo olvidarla?), pero no sabía quién era ni de qué zona, ni el cargo que ostentaba. Estaba muy bonita, sus ojos brillantes denotaban que había bebido ya algunas copas y su rostro risueño y angelical invitaba a la conversación. Disimulando mi despiste, la saludé y le di un par de besos, a la vez que le preguntaba qué tal le iba, buscando una pista que me revelase su identidad.

            - Hola, preciosa, me alegro de verte. ¿Cómo lo llevas? ¿Estás contenta?

            - No me puedo quejar. En los tres últimos meses hemos remontado la situación y ya estamos en disposición de abrir la segunda sucursal cuando tú digas, bueno, tú ya no, porque nos has abandonado. Me alegro de que te hayan ascendido, pero me da pena, porque me gusta cómo pones firme a mi jefe.

            ¡Bingo! Patricia, veinticuatro años, Jefa de Departamento desde hacía cuatro o cinco meses, segunda de a bordo de uno de los Directores de Zona que, de no mediar una evolución radical, habría que cambiar antes del próximo semestre.

            - No seas mala, Patricia, que te va a oír.

            - Es verdad, Antonio necesita alguien como tú, que le dé caña. Y, no te creas, que te respeta un montón y no cuenta más que bendiciones de ti.

            Tenía una forma de mirar que me embelesaba y era realmente bonita. Por un momento, mandé todo el protocolo a hacer puñetas para disfrutar de aquellos ojos y de aquellos carnosos labios húmedos, aquella voz y su mirada entornada, que me miraba desde abajo, como con vergüenza.

            - Antonio, lo que necesita es ayuda y creo que contigo la ha encontrado. Formáis un buen tandem y, entre los dos, sacaréis adelante la zona, estoy seguro.

            - Por cierto, don Rodrigo, todavía me acuerdo de lo que dijiste en el curso… - Se acercó a mí hasta que sus pechos rozaron mi chaqueta, sus ojos se tornaron picarones y a mí me recorrió un escalofrío desde los talones hasta la nuca.

            -No sé a qué te refieres –balbuceé intentando disimular mi nerviosismo.

            -Si, pues que si ya no eres mi jefe directo... no dependo de ti y por lo tanto, la regla de oro no tiene efecto entre nosotros.

            -Sigo sin enterarme…

            -Vamos, don Rodrigo, sabes perfectamente a qué me refiero, la norma número uno…

            -¿Estás insinuando lo que yo me imagino? – pregunté, imagino que con cara de imbécil.

            - Exactamente… - sus ojos vidriosos se clavaban en los míos y su dedo índice subía y bajaba lentamente por detrás de mi solapa. Me estaba poniendo cardíaco. De repente me entraron ganas de salir corriendo o de dar saltos o de qué sé yo...

            -Hombre, pues, yo encantado… -acerté a decir.

            -Yo, mucho más.

            Comenzaba a acercarse peligrosamente, rozando los límites de lo políticamente correcto, dada la audiencia de la sala y las circunstancias en que nos encontrábamos. Yo no salía de mi asombro. Si no hubiera sido por que, durante toda la jornada, había estado controlando estrictamente lo que ingería, hubiera jurado que estaba alucinando por el alcohol, pero estaba perfectamente sobrio, posiblemente era la persona más serena de toda aquella reunión, incluyendo a los camareros.

            - Bueno, gracias por el cumplido. Se lo contaré a mis nietos cuando los tenga, pero no se lo van a creer –dije. Se acercó más aún, frunció las cejas, me tomó de la mano y la llevó hasta su pecho.

            -Estoy hablando muy en serio, – dijo- de todo corazón.

            Aparté mi mano a la velocidad del rayo, como si me hubiese quemado y di un paso atrás. Creo que en una centésima de segundo miré hacia todos los rincones posibles repasando cada cara, para saber quién había presenciado aquel gesto. Al parecer, nadie. No sabía qué hacer. La verdad es que me sentía halagado y, a la vez, confuso, no era posible que aquel bombón estuviera hablándome en serio. Pero, por otra parte, era técnicamente imposible que se atreviera a tomarme el pelo de aquella manera. Ella volvió a acercarse, me miraba con los ojos entornados.

            -¿Qué pasa, no te gusto? – preguntó con tono reprobatorio.

            -Claro que si, mujer… - Su aliento calentaba mis labios y yo notaba como si me salieran chorros de humo por las orejas.

            -Entonces…

            -Ahora estoy trabajando. Si quieres, luego hablamos más tranquilamente…

            -Vale, pero no te olvides. Te lo digo en serio…

            -Te juro que no lo olvidaré.

            Salí disparado, tropezando con todo, como esos muñecos que tienen una plataforma giratoria en las ruedas. Fui directamente a la barra y me pedí una copa.

            -¡Aleluya! El que todo lo controla se ha decidido a bajar al mundo de los mortales. Ten cuidado, no te vayas a emborrachar y pierdas la hebra.

            Mi amigo Sergio, como siempre, con su humor incisivo y, como siempre, en el lugar exacto en el momento oportuno.

            -Supongo que ya tendrás un momento para hablar con los amigos…

            -¡Tío, estoy alucinado! No te vas a creer lo que me acaba de pasar.

            -¡Se te acaba de aparecer la virgen!

            -¡Si! ¡Exactamente! – grité.

            Los dos rompimos a reír. Terminé de llenar mi gintonic y lo apuré hasta la mitad. Ella estaba en la pista bailando. Era un dulce. Su cuerpo se cimbreaba sinuosamente. Y yo tenía fuego en todo el cuerpo.

            - ¿Conoces a la chiquita rubia que está bailando al lado de Pepe? –pregunté.

            - No, pero no me importaría conocerla. ¡Está como un queso!

            -¿Cómo un queso? Es un yogurcito, tío, te lo puedo asegurar.

            -Ya te he visto antes, que te la ibas a comer.

            Luego, no lo había soñado. Volví a dar otro envite a mi copa y le conté a Sergio lo que me había pasado. Estaba tan emocionado, como no recordaba haberlo estado en mi vida.




jueves, 6 de septiembre de 2018

PATRICIA o el arte de aprender a vivir Cap. 2







II





         Recordaba vagamente el primer encuentro con Patricia, hacía casi un año, en el aula de formación de la empresa. Yo impartía clase, como de costumbre, para un grupo de nuevos ejecutivos.

          Desde lo alto de mi tarima dominaba el ambiente y me sentía poderoso y admirado, totalmente metido en mi papel de gurú, hablando con gravedad de temas que dominaba a la perfección. 

        Un cursillo más para una nueva tanda de futuros jefes. Me sabía observado y actuaba dejándome llevar por esa especie de erótica del poder, mi palabra era ley y mi opinión doctrina y todo el auditorio atendía, como siempre, mis más  leves observaciones. 


        Eran siempre grupos reducidos, diez o doce jóvenes con muchas ganas de aprender a comerse el mundo, que escuchaban embelesados cada una de mis palabras y anotaban fielmente cada una de mis sentencias.


        Ella estaba en el centro de la sala, hacia el fondo, su cara de niña, de formas suaves y redondeadas, salvo por su particular belleza, no despertó en mí el mayor interés. Me tomaba mi trabajo muy en serio y debía hacer, de aquellos críos inexpertos, nuevos ejecutivos de colmillos retorcidos, capaces de dominar las situaciones más extremas y controlar a sus equipos de producción para sacar de ellos el máximo partido.


            - El buen jefe oye, pero no siempre escucha –dictaminaba- entiende, pero no comprende. Debéis ser capaces de transmitir la filosofía de la Empresa en cada momento del día, en cada acción, por banal que resulte, hacer que vuestra gente crea en nuestros principios, como en un dogma de fe y se conduzcan fieles a vuestros consejos. Ello os facilitará el camino hacia el éxito y os abrirá las puertas de los mejores resultados.


            Ella me miraba con atención e intentaba memorizar cada una de mis palabras, como todos, en la intención de emular a quien, habiendo empezado desde lo más bajo, había llegado a ser el número dos de aquella gran multinacional (era mi discurso favorito, que, aunque cierto, a mí me gustaba adornar con florituras, casi épicas, para enfatizar la igualdad de posibilidades de la que tenían el privilegio de disfrutar) y, como todos, admiraba mi sencillez y mi sinceridad y la facilidad con que planteaba situaciones complicadas y las convertía casi en juego.


            - En el camino que vais a iniciar, casi nunca vais a poder ser vosotros mismos al cien por cien. Me explico: todo es como una gran obra de teatro, donde cada uno de nosotros interpreta su papel. Pero vuestro papel no es siempre el mismo y debéis saber en cada momento cuál es el personaje que debe aflorar de vuestro interior. Deberéis ser padre y madre, fiscal y abogado defensor, amigo y enemigo… y debéis dominar cada uno de estos roles... 

       Cada vez que levantaba la cabeza, me encontraba con la candidez de sus ojos buscando los míos. Aunque creo que este detalle se ha incorporado espontáneamente en el relato, porque sé que no fue así. Cuando formaba a mi gente, solo pensaba en mi trabajo.

             - ...para ello, contáis con dos grandes ventajas sobre todos los que os rodean y es que sois los únicos que sabéis que todo es un montaje y tenéis la posibilidad de aportar a cada uno de vuestros personajes aquella parte de vosotros mismos que sirva para realzarlo. 

       Como siempre, manejaba las pausas, para captar la atención. Controlaba, una a una, cada una de aquellas cabecitas hambrientas de saber dominar. Era una de mis estrategias infalibles. Se lanza el mensaje y se guardan cinco segundos de silencio, repasando a la audiencia, en un "barrido", para que todos tengan el tiempo y la presión psicológica necesaria, para registrar el mensaje. Luego, seguía la explicación del "Método", que había llevado a nuestra empresa, de una pequeña oficina en una segunda planta sin ascensor, a una de las multinacionales españolas más puntera, que era el mismo método que estaba utilizando con ellos.

       -Para los demás seréis reales y nadie debe conocer vuestros verdaderos sentimientos, oídlo bien, nadie deberá conoceros lo suficiente, como para descubrir vuestra trama. Por eso es importante que rehuyáis de mantener relaciones personales con quienes estén a vuestro cargo. Si así lo hacéis, evitaréis descubrir vuestros puntos débiles, todos los tenemos, por infalibles que nos creamos, y podréis influir sobre las acciones y los resultados de todos y ser respetados y obedecidos y ser los líderes de vuestros equipos de producción, que en definitiva, son los pilares fundamentales del éxito de un buen jefe.

       El caso es que, desde la distancia, ahora, me doy cuenta de que la verdadera fuerza del Método, es que yo creo en ello, tan ciegamente, que transmito confianza y seguridad.

       Había un detalle, llegados a esta parte de la charla instructiva, que, en esta ocasión, había disparado el "temporizador" de esta historia. Como cada vez que llegaba a este punto, la bromita que siempre tenía muy buen efecto y servía para romper la tensión de tan duras revelaciones:

            - Por poner un ejemplo, yo sé que muchas de las chicas que estáis en el aula os moriríais de ganas de tener una aventura pasajera conmigo, pero, que se os quite de la cabeza, porque ahora, ya soy vuestro jefe directo y no me puedo permitir deslices. Lo siento mucho, tendréis que sufrir y cumplir las normas del Método.

       No fallaba nunca. Carcajada general y relajamiento, pie idóneo para iniciar un nuevo tema.

       Conocía de memoria cada una de las citas que transmitía en cada una de mis clases, que eran para mí como un premio, un oasis quincenal en medio de la guerra de cifras y controles en la que me debatía diariamente en mi despacho, siempre las mismas preguntas, siempre los mismos consejos. Pero creía firmemente en todo cuanto decía y era fiel a mi propia doctrina, y además ya eran más de cien los que habían pasado por mis aulas y se encontraban diseminados por el mundo controlando los mercados. Por eso, quizá, no recordaba más de aquella niña bonita que me miraba con ojos inquisitivos desde la séptima fila. Tal vez, pensara en su momento, que con aquel inocente aspecto de candidez no tendría mucho futuro en la jungla de las finanzas…

       El zumbido del móvil me devolvió a la realidad.

              - Si, don Rodrigo, soy Patricia…

      Otra vez, un escalofrío recorría mi espina dorsal. Aquella voz me estremecía y me hacía sentir inseguro, como un adolescente ante su primera cita. Intentaba aparentar indiferencia pero no podía evitar casi un balbuceo, menos mal que el móvil permite disimular falta de cobertura. Le pedí que me indicara la forma de cruzar Madrid, a la vez que volvía a disculparme, por enésima vez, por haberle fastidiado el día de fiesta. Nunca, en toda mi carrera, me había disculpado con un subalterno, por nada, pero con ella era distinto.

       Por un momento temí que mi juego fuera demasiado evidente, pero su respuesta deseosa de colaborar y algo insegura, me devolvió la confianza. Era muy sencillo, por lo visto. De hecho, había estado, cerca de una hora, siguiendo la ruta adecuada, pero no había logrado hallar el desvío correcto y había estado dando vueltas en círculo alrededor de Madrid por uno de sus cinturones de circunvalación.

       Estaba histérico: No podía imaginar qué pensaría exactamente de mí y eso, me descolocaba, porque tengo muy buen ojo con las personas y las "calo" e seguida, pero toda mi técnica se iba a la mierda con ella y me mutaba a "manso desorientado". Seguramente, ella, joven y despierta, no en vano, llevaba en cartera la propuesta de que se hiciera cargo de la dirección de toda su zona, pensaría que yo era un necio provinciano, que se perdía en cuanto salía del “pueblo”, o que cómo era posible que la organización funcionara con dirigentes que se perdían en los mapas.

      Pero yo mismo me tranquilicé, no había lugar a preocupaciones absurdas, seguramente pensaría que los ejecutivos tienen esas cosas, que son capaces de dirigir el mundo, pero no saben hacer una tortilla a la francesa. Volví a arreglar mi aspecto ante la mirada despreocupada de aquellas gentes que seguían enfrascados en su holganza y me embutí de nuevo en el coche. En dos horas, aproximadamente, estaría con ella.