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martes, 21 de noviembre de 2023

Hagamos un repaso

 

        Llevo varios años parado por decisión propia y ahora, he vuelto a recuperar la ilusión por todo lo que he sido capaz de hacer, desempeñando mi tarea en esta misión.

        Ya hablaremos de eso. Ahora, si te apetece, y si no conoces mi trayectoria o, como a mi, te apetece revisarla, te sugiero una vuelta por:



        Con esto, creo que ya hay para un rato. Además, he visto que tengo que actualizar un montón de cosas.

        Nos seguimos encontrando por aquí, siempre que te apetezca.

        Te amo. Paz, amor y libertad. Gracias.

viernes, 18 de enero de 2019

EL MENDIGO





          Dos caballeros, embutidos en sus magníficos abrigos, pasean por una callejuela solitaria.

          Seguramente, hablan de cosas importantes.

          De pronto, se acerca a ellos un mendigo y les pide una limosna.

          - Hace tiempo que no como. – dice.

          Uno de ellos, mete la mano en el bolsillo y, sacando una moneda, se la ofrece. El mendigo agradece el caritativo gesto y se aleja.

          - Ahí va, a gastárselo en alcohol – dice el caballero.

          Un joven, que pasa por allí en ese momento, replica:

          - Con una moneda, poco se puede comer…

          - Al menos, un pedazo de pan…

          -Cuando el hambre le persigue a uno durante varios días o tal vez, semanas, poco hace un pedazo de pan. El alcohol, al menos, con su embriaguez mitiga el hambre.

          El caballero se indigna por la ligereza del joven.

          - ¡Pero ese hombre es un alcohólico, no hay más que verlo…!

          - Moneda tras moneda, una a una, las almas misericordiosas y humanas como la suya, lo han empujado a ello. Tal vez, en un principio, no fuese una limosna bondadosa sino un plato de comida, lo que necesitara… Ahora ya es tarde.

          Y el joven se aleja ante la mirada atónita de ambos caballeros.




(3-1.978)

martes, 17 de julio de 2018

Esto no tiene nombre (1979)




Esto no tiene nombre

No puede ser, están llegando demasiado lejos, hay que acabar con esta situación tan absurda. Lo que, en un principio, pudo ser una casualidad o un simple incidente, ha alcanzado hoy cotas exageradas. ¡Nos hemos acostumbrado!
Y no podemos seguir, ni un día más, participando como androides en este juego macabro. Nuestras vidas, la vida de un solo hombre, vale más que nada en este mundo, más que todas esas malditas fábricas, esos infiernos de cemento donde cada día, en una especie de ciego ritual, dejamos un poco de nuestra vida, un poco de nuestras esperanzas y lo que es más triste, un poco de nuestra humanidad.
Muchas veces, sentados ante nuestras mesas, frente al televisor o en el asiento del autobús, hemos cerrado los ojos y por nuestra mente ha pasado la idea de un mundo justo, algo por lo que sentir la necesidad de trabajar, un mundo donde cada uno de nuestros movimientos fuera provechoso, donde no tener que sentirse culpable por haber dado a luz unos hijos. Cuantas veces hemos pensado que, si toda esta mierda funcionara como es debido, como cada uno de nosotros sabe que debiera de funcionar, podríamos llegar a casa con la conciencia tranquila y sentarnos a conversar con nuestra gente sin sentir que el alma se nos encoge, porque lo que estamos haciendo, es tan malo, que no sabemos cuánto tiempo más podrá durar.
¿Cómo podemos estar orgullosos de nuestra inteligencia? ¿De qué nos sirve nuestra inteligencia y en qué la vamos a emplear? Si lo estamos destrozando todo, si ya no queda un trozo de mundo que no hayamos adulterado. ¿Cómo podemos sentirnos superiores a los animales? Si les hemos robado su tierra, la tierra que nos pertenece a todos, a cada uno de los seres vivos que la pueblan y se la hemos convertido en mierda, si los hemos acechado, perseguido, acosado, acorralado, acometido, atacado, agredido, humillado, sometido, reducido, domesticado, adaptado, encarcelado, diseccionado, estudiado, experimentado y exterminado, sin el menor remordimiento. ¿De qué nos sirve llamarnos “reyes de la creación”, si lentamente estamos acabando con ella?
¿Hasta cuándo va a poder seguir adelante todo esto? ¿Cuántos de nosotros estamos satisfechos con la marcha que lleva? ¿Es esto lo que siempre hemos deseado?

oOo

Ayer, no hace mucho tiempo, éramos animales, caminábamos, aún, a cuatro patas y no creo que nos importara demasiado la hora del día en que nos echábamos a dormir o el tiempo que tardábamos en llegar de un árbol a otro o de una llanura a la vecina. Vagábamos por la tierra, virgen aún, a nuestro antojo, pues no teníamos nada más importante que hacer.
Un día, uno de esos bichos raros, nuestros enemigos naturales, nos pega un susto tremendo, casi nos atrapa, y nuestra inteligencia comienza a trabajar. Nos pusimos a dos patas para poder estar alerta, aunque a mi me da la impresión de que fue tan solo un impulso intuitivo, de todas formas, seguimos caminando erguidos, por las llanuras, en busca de nuestro alimento. Seguramente, ni nos dimos cuenta de que pensábamos, simplemente seguíamos haciendo lo que necesitábamos hacer.
Aquella época fue una buena época para nosotros, descubrimos muchas cosas, en realidad, todo estaba por descubrir y nos sentíamos felices, a nuestra manera, de ser como éramos. Sentamos raíces y dispusimos todo de acuerdo a nuestras necesidades, vivíamos en pequeños grupos donde se agrupaban varias familias.
Pero un día, el más bruto de todos pega un grito muy gordo y ve que nos asustamos. Se queda extrañado, todos nos sentimos extrañados. Y, acercándose un poco más, lanza otro alarido y algo nos dice que no todo funciona como ha de funcionar, que a ese tipo le pasa algo y nos apresuramos a juntarnos con nuestras familias para proteger a los pequeños.
Entonces, el bruto se acerca a uno de nosotros y le gruñe y el otro ya no corre más, al contrario, cuando ve a su familia en peligro, también gruñe y enseña los dientes al agresor y ambos se enzarzan en una encarnizada lucha, mientras todos corremos asustados a refugiarnos, pues nunca habíamos visto luchar dos hombres entre si.
El final, como es de esperar, da un vencedor y, para desgracia de todos nosotros, resulta ser el bruto. Entonces, nos damos cuenta de que, hasta que él muera o se vaya de allí, tendremos que procurar no contradecirle. Pero algunos no pueden esperar a que muera y se enfrentan con él, hasta que, con el tiempo, llega uno más joven, que consigue matarlo. Y, cuál será nuestra sorpresa, al descubrir que no había acabado, aquí, la pesadilla, sino, por el contrario, lo único que había hecho, era rejuvenecerse.
Y así empieza nuestro martirio, día a día, a medida que pasa el tiempo, la ley del más fuerte se convierte en ley de vida y costumbre de toda la especie y ya no le damos importancia. Lo que, un día, fue violencia e insumisión involuntaria, era algo lógico, una costumbre. Todos, en algún momento, lo llegamos a intentar, pero también nos cansaba un poco tanta violencia, pues no habíamos dejado de evolucionar y estábamos empezando a entendernos. Entonces, decidimos que ya no se lucharía por el puesto de jefe, que seríamos todos quienes lo nombráramos y cogimos al bruto de turno y lo desterramos. Y, en su lugar, pusimos al más inteligente, con la misión de ser consultor en los asuntos de la comunidad.
Primer gran error: convertir la dependencia en necesidad. Es, en ese preciso instante, cuando comienza uno de los más grandes males de nuestra historia, porque, con el tiempo, fueron cambiando nuestros jefes y alguna vez, nos equivocamos al elegir, porque algunos de aquellos tipos utilizaron su influencia para beneficio propio, incluso en detrimento de la comunidad y llegaron a jugar con su posición privilegiada, para mantenerse mucho tiempo en ella y seguir beneficiándose a costa de los demás.
Y, cuando quisimos darnos cuenta y quisimos tomar medidas al respecto, ya era demasiado tarde, porque el individuo que ostentaba el cargo de jefe se había ocupado de engatusar y comprar a un puñado de imbéciles, que estaban dispuestos a dejar el pellejo por protegerle. Y estaban armados. Nos dimos cuenta, entonces, de que habíamos vuelto al principio, un nuevo bruto se había hecho con el poder y, esta vez, estaba mucho más protegido, cada vez, más.
Así pasó largo tiempo, pero el bruto, los sucesivos brutos, nos vieron crecer y empezaron a no dormir tranquilos por las noches, porque les atormentaba la idea de que la historia se volviera a repetir y utilizáramos, una vez más, nuestra fuerza numérica para desterrarle. Y volvió a la antigua estrategia, que alguno de sus abuelos utilizara, en tiempos remotos.
Nos volvió a engañar, nos convenció, otra vez, de que, en realidad, éramos nosotros quienes mandábamos y compró nuestra buena fe, a cambio de devolvernos algunas de las muchas cosas que, anteriormente, nos había robado por la fuerza. Y así, como si se tratase de grandes concesiones, nos arrojó, como limosna, nuestra libertad, nuestro derecho a la vida. Y volvimos a picar en el anzuelo.
Así, hasta nuestros días, en que nos atosigan por las calles y en nuestras propias casas, ofreciéndonos nuevas concesiones, zonas verdes, una atmósfera sin contaminar, educación para nuestros hijos a cambio de un voto. Nosotros sabemos que todo eso no nos lo ha de regalar nadie, porque es nuestro y sabemos que ninguno de ellos va a hacer nada, pero, cada cuatro años, le regalamos nuestros votos a alguno de ellos, con la esperanza de que éste no nos defraude o, simplemente, con la resignación de no querer soportar otro bruto.
Segundo gran error: seguir la comedia y potenciarla con nuestra colaboración. Pero volvamos atrás, cuando, por primera vez, expulsamos al bruto de nuestra comunidad, nos vimos en la necesidad de estar alerta por si se le ocurría volver y cerramos, cada vez más herméticamente, nuestras fronteras.
Pasado un tiempo, el bruto se encontró con algunos nómadas y les habló de nuestras ovejas y de nuestros granos. Y, un mal día, se presentaron en nuestro poblado con la intención de abastecer sus necesidades. No estoy muy seguro de lo que ocurrió, pero tan solo pudieron suceder dos cosas: o bien, no solo se conformaron con satisfacer sus necesidades y lo quisieron tomar todo, o bien, nosotros no quisimos darles nada de lo que habíamos conseguido con nuestro trabajo, la cuestión es que fueron expulsados de nuestros dominios y, a partir de ese momento, todo perteneció a alguien.
Tercer gran error: la creación de la propiedad privada. Como es lógico, la cosa no acabó aquí, porque los nómadas también eran hombres, como todos nosotros, y también quisieron sentar raíces, pero ya casi todo estaba repartido y acudieron a nosotros, no ya con la intención de “robarnos”, sino suplicándonos les diéramos sustento. Alguien decidió, entonces, que lo que nos habían intentado robar antes, deberían, ahora, ganárselo con su trabajo y, en lugar de compartir con ellos nuestras cosechas, les daríamos, tan solo, lo suficiente para que vivieran, a cambio de que trabajasen nuestras tierras o nos ayudasen en nuestros quehaceres.
Poco a poco, lo que comenzó siendo una simple ayuda, se convirtió en servidumbre de unos y enriquecimiento de otros y fueron formándose haciendas, cada vez más grandes y propietarios, cada vez más poderosos.
Otro gran error.

oOo

Y, así, error tras error, hemos llegado a lo que hoy se llama la gran sociedad, donde somos gobernados por individuos que ni siquiera nos conocen, lo cual no es impedimento para que nos prohíban, nos controlen, nos obliguen y nos dirijan. Y siguen tomándonos el pelo con el viejo engaño de hacernos partícipes del poder.
Una sociedad en la que hemos de trabajar, de sol a sol, para poder subsistir, mientras vemos que esos ricos hacendados son, cada vez, más ricos, donde hemos de pagar por una naranja o por una zanahoria, que crecen de la tierra, de la misma tierra que, un día, nos perteneció a todos.
Y ya, todo se ha desbordado, porque el gran mal de la humanidad es la costumbre y no podremos llegar a ninguna parte, si no la eliminamos de nuestra vida.
Porque la costumbre nos invade, nos carcome el cerebro y nos inutiliza y llegamos a entender como usuales e inevitables, situaciones tan denigrantes como la guerra, las cárceles, el hambre, la miseria, la competición, la sumisión, las muertes por residuos nucleares, por intoxicación, por negligencias ajenas e interesadas, el chabolismo, el analfabetismo, la dependencia económica y un infinito etcétera, que da vergüenza detallar.
Cada vez, somos menos humanos y nos vamos convirtiendo en estúpidos vegetales móviles, programados de mil maneras distintas, con el fin de seguir con el absurdo, hasta que todo se acabe para siempre. Pero, cuidado, porque ese para siempre no está tan lejano como parece. A esos imbéciles se les ha subido el poder a la cabeza y les viene ancho, ya no saben qué hacer con sus inventos, se están volviendo locos y la codicia los lleva a la autodestrucción, mas, inevitablemente, su destrucción será la destrucción del mundo.
El proceso ya ha comenzado, el “principio del fin” ya hace tiempo que estalló. La contaminación del aire, de las aguas y de la propia tierra, la explotación indebida de los recursos naturales, el exterminio de otras razas animales, la devastación del suelo, la adulteración de nuestros alimentos básicos, la angustia vital, no son más que amenazas, que consiguen en nosotros la vejez prematura y nos arrastra hacia la muerte y hacia el exterminio total o por lo menos, el de nuestra especie.
¿Cómo le explico yo a mis hijos, que colaboro con toda esta mierda, que trabajo para el rico y obedezco al bruto, porque no tengo valor para enfrentarlos o, peor aún, porque me he acostumbrado a hacerlo?
Y, pensándolo mejor, ¿para qué tener hijos?

4-79



miércoles, 23 de mayo de 2018

MI SECUESTRO







Al dejarte, he vuelto a casa caminando. El paseo se hacía agradable a mis pies y mis pensamientos campaban por el espacio en busca de una base lógica en la que reposar, tras nuestra conversación.

¡Maldita sea! ¿Por qué todo ha de girar en torno a la lógica? ¿Por qué no me puedo permitir el lujo de quererte, sin más, de sentir tus vibraciones en mi, de acariciar las yemas de tus dedos sin tener que buscar una excusa o un por qué?

Me voy de viaje. Estos hijos de puta me están robando lo único que tengo, mi vida, mi derecho a amar, a unirme a quienes quiero, a estar donde me de la gana y compartir mi paz con quien me de la gana.

Me están destrozando y no me resisto a que lo hagan, como un ternero, camino del matadero, me dejo introducir, cada día más, por el estrecho pasillo que me conduce al patíbulo, porque soy cobarde y temo por mi, por ti y por todas aquellas personas a las que tanto quiero. Y, tengo tanto miedo a la rebelión a la rebelión, como a enfrentarme con la vida y descubrirme de improviso.

Por eso te estoy escribiendo, para escupir, de una puñetera vez, toda la hiel que llevo dentro. Porque te mereces algo más que unas medias palabras con las que todo queda mal dicho.

Te quiero y me gustaría estar contigo, oyéndote hablar, aunque o entienda nunca lo que me dices y sentir de cerca todo el calor y el amor que emanas, porque esa relación instintiva, que me acerca a ti, me hace feliz y logra borrar de mi mente todo aquello que odio. Pero, sé que, durante los próximos quince meses, cambiaré mucho, me cambiarán mucho. Y, en mi metamorfosis se perderán millones de pequeños detalles, que harán de mí otra persona, un desconocido, que ni siquiera yo sé bien cómo será.

Y  me niego a profundizar más, porque no quiero que nos pase lo que a todos, no quiero hacerte ningún daño, quiero encontrarme contigo, dentro de quince meses y descubrirte de nuevo, por primera vez, porque, posiblemente, así sea más fácil.

Creo que te comprendo más de lo que imagino y sé cómo te sientes, cuando me hablas de cualquier cosa, pretendiendo escudarte en tus vaguedades, en tu superficialidad y, por eso, cuando me dices que todo está podrido, aunque intente convencerte de lo contrario, te miro y, con el silencio de mis ojos, me solidarizo contigo, porque sé que hemos nacido para algo más que para esto y, tanto tú, como yo, pretendemos conseguirlo.

Y sé que, allí, en el lago, al sur de ninguna parte, será tu lucecita tímida, brillando en la oscuridad, dando señales de vida, de mucha vida, alejada de esta basura.

Y será lo primero que busque, al volver de este maldito viaje.





28-12-77


martes, 22 de mayo de 2018

EL JUICIO (1975)





A todos aquellos que sufren la "justicia" de la Justicia.



Había una vez, un país, que, según el decir de sus gentes, era uno de los más civilizados del mundo.

Tenía un porcentaje muy bajo de analfabetismo, eso, al menos, decían los periódicos  y nadie, nunca, reclamó nada. No se comían a los niños, no mataban a las ancianitas, tenían ricos hacendados y empresarios con muchos millones en las arcas suizas y pobres obreros en paro, sin trabajo y sin comida, en fin, un país civilizado.

La mayor parte de la cultura de este  país, se hallaba vinculada a una religión, a la que todos o casi todos, eran muy devotos. Y todas las semanas se reunían, al menos, una vez, en sus templos y rezaban a su dios y pedían perdón por sus pecados y se perdonaban. los unos a los otros.

Dentro del templo no había distinción de clases ni de razas, todos eran iguales. Sin embargo, al día siguiente, los unos seguían pisoteando a los otros y éstos seguían muriéndose de hambre, como era normal en la era civilizada.

Tenían, en este país, un muy desarrollado sentido de la moral y criticaban duramente, que en otros países la gente no pudiera tener la libertad necesaria, que hubieran fuertes enfrentamientos raciales entre blancos y negros, que las grandes potencias mundiales fomentaran las guerras o que, en pleno siglo XX, hubiera países que castigaran los delitos con penas como las de cortar una mano, sacar un ojo, etc.

Su religión era perfecta y, cualquiera que la entendiese bien y siguiera, al pie de la letra, sus sugerencias, podría llegar a ser un ser humano de verdad. Les enseñaba cosas como amar, ayudar y respetar al prójimo, les enseñaba a perdonar y les prohibía cualquier mala acción, como matar, robar, envidiar, mentir, etc.

Pero, un día, uno de aquellos hombres tuvo un arrebato y se reveló, de repente, contra todos sus principios y leyes: cometió un asesinato, quitó a otro hombre el derecho a la vida.

Todos, en el país, quedaron constermados y apesadumbrados, al enterarse de la noticia. ¿Cómo podía ser, que un ser humano se hubiera convertido en un asesino, en un ser cruel y desalmado?

No podían permitir que, alguien así, corriera libre por sus calles e, inmediatamente, indignados, emprendieron la búsqueda del asesino.

Lo buscaron, como verdaderos perros, por todas partes y no quedó ni un solo rincón del país por rastrear. Todos hicieron lo imposible por encontrarlo.

Sin embargo y, a pesar de la búsqueda, no descuidaban sus deberes religiosos y, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán la misericordia."

Y, por fin, tras larga búsqueda, lo encontraron. Y fue encarcelado, en espera de juicio como, dictaba la ley, debía hacerse con todos los delincuentes.

Posiblemente, él pensó mucho en la cárcel y, posiblemente, se arrepintiera, porque le vieron llorar, pero no había oídos para él ni tristeza por su llanto. Había cometido una falta y debía pagar por ella. Sin embargo, se reunían, una vez a la semana, en sus templos y rezaban:

"Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados."

        El asesino fue juzgado, fue juzgado, desde un principio, por miles y miles de hombres como él, iguales a él, que habían sabido aceptar las reglas y permanecían fieles a sus leyes. Y fue condenado a muerte por aquellos hombres que, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"Perdonar las injurias, sufrir con paciencia los defectos del prójimo..."

Y, el hombre, el asesino, pidió perdón y muchos más, compadecidos, pidieron perdón por él y algunos lloraron, pero nadie escuchó sus ruegos, sus suerte estaba decidida, debía redimir su falta...

Y, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"...enseñar al que no sabe, corregir al que yerra..."

Y, un día, en pleno siglo XX, un hombre, triste y lloroso, fue ejecutado. Él fue muerto, porque había matado. Mientras, millones de personas, una vez a la semana, se reunían en sus templos y rezaban:

"NO MATARÁS"



10-4-75


lunes, 30 de abril de 2018

El viaje






No acostumbro a visitar locales desconocidos, pero por alguna razón que ignoro, el prospecto que me había entregado mi amigo, el día anterior con tanto misterio, me atrajo allí. No entendía por qué, sabiendo que estaba decidido a partir y que nadie ni nada me lo impedirían, me había citado un par de horas antes, sin tan siquiera explicarme el motivo de tanta urgencia. Te juro que no voy a intentar hacerte cambiar de opinión. Ve a este sitio y verás.

Aquel tugurio apestaba a cerrado y a humo de tabaco de granel. "AMBIENTE SELECTO, BUENA MÚSICA". Resulta sorprendente cómo la palabra impresa puede modificar la realidad, cómo la magia de la publicidad puede convertir un antro en un auditorio. Ambiente selecto, me preguntaba si debía sentirme defraudado o, si por el contrario, era yo, el que con mi presencia, había manchado el ambiente de aquel sitio, si con mi presencia intrusa, ocupando aquel lugar en el espacio, precisamente ese, durante aquella fracción de tiempo, no estaría hiriendo la particular sensibilidad de la parroquia, no sabía si era el local lo que decididamente no estaba de acuerdo con la publicidad o si, sencillamente, había sido yo quien, incapaz de entender el mensaje, lo había traducido erróneamente. Ambiente selecto En cuanto a la música, ni siquiera se podía escuchar bajo aquel bullicio de risas borrachas y tintineo de jarras.

         Era evidente que mi amigo no iba a aparecer, como ya me tenía acostumbrado o tal vez, era yo quien había aparecido tarde. Era una constante en nuestra amistad, desde la primera cita a la que, por supuesto, no acudió. Solíamos quedar en lugares inverosímiles y nos presentábamos o no, según nuestro estado de ánimo o nuestros compromisos. Nunca hubo un reproche por este motivo. Era una de las peculiaridades de una amistad fundamentada en el deseo de estar, nunca en la obligación de cumplir y a ambos, aunque nunca llegamos a hablar de ello, nos parecía bien.

Pagué mi copa y me dirigí a la puerta. Un par de borrachos discutían a gritos sobre cosas distintas. Gritaban los dos a la vez como locos y dibujaban, con sus manos y sus voces, un muro de ladrillos, que no se podía ver, pero que se palpaba en el aire. Era evidente que no necesitaban hablar de las mismas cosas para discutir. Cada uno tenía sus propios argumentos, los dos, sus razonamientos irrefutables y la fuerza de la verdad absoluta, que da el alcohol, era lógico que hablaran de cosas distintas (uno se pone a pensar de tal o cual tema, saca sus conclusiones, las contempla y analiza minuciosamente, para desembocar en una nueva tanda de conclusiones, más elaboradas y depuradas. Luego, el producto se abandona en la mente por unos días o meses o años, hasta que se cura, como los buenos caldos, y surge la idea pura, la esencia de toda una filosofía natural y particular. ¿Cómo permitir, entonces, que alguien la intoxique con una teoría contraria?).. Lo más ecológico para la mente es que cada uno defienda su teoría propia sobre un tema distinto del de su interlocutor. Así es como se evitan las peleas y los malos entendidos que llevan al resentimiento.

       Antes de salir, es algo que acostumbro a hacer siempre, repasé el local por última vez. Me resultaba extraño no haber encontrado nada que llamara mi atención, salvo mi presencia, fuera de lugar en aquel ambiente. Era la primera vez que mi amigo me había citado para nada. Miré a través del espejo que había tras la barra, como queriendo cerciorarme. Ya no entendía nada. Me había citado para hablarme de no sé qué "importantes últimos detalles antes de partir", pero no se había presentado y ya era  hora de marchar. No te preocupes si a última hora no aparezco, allí verás lo que necesitas. Tú eres muy receptivo y enseguida captas esas cosas. ¿A que cosas se refería? No lo sé, aunque ahora, lo intuyo. Recuerdo que allí, del otro lado del espejo, vi unos ojos que se clavaban en los míos con suavidad pero sin pudor, hurgando más allá de lo prudentemente discreto, penetrando en la desnudez de mi ansiedad, palpando mi intimidad como si me hubieran conocido de toda la vida. En la eternidad de unas décimas de segundo me hicieron un montón de proposiciones excitantes, exigiéndome una respuesta que yo era incapaz de articular a través del baño de plata.

El del espejo es otro mundo. Detrás de la luna, todo está del revés, la mano derecha es la izquierda y cuando vas hacia atrás tu alter ego se dirige hacia delante y, a su vez, se separa de ti. Intenté explicárselo a mi desconocida inquisidora con la mirada, pero no fui capaz de encontrar, en tan breve tiempo, la manera de que, al revés, se entendiera del derecho, lo que yo sentía en ese momento, así que, sin más, abrí la puerta y salí de aquel antro, al que había acudido, no se sabía muy bien por qué ni para qué, mientras una fuerza invisible y sobrenatural tiraba de mí hacia atrás, como un estremecimiento. Aquellos ojos... Era rubia, sus cabellos, trenzados a su espalda, se perdían en la curva de su cintura. Su belleza era impropia de este mundo (del mío, naturalmente, no del suyo de humo de tabaco y olor de whisky peleón).

       Salí. Algo, realmente muy importante para mi vida próxima, me esperaba al otro lado del mar. Mientras cruzaba el umbral y me adentraba en la noche noté un frío seco en la nuca, era el aterimiento de sus pupilas que no entendían mi teoría sobre los espejos, pero no quise volver a mirar, me daba pánico perder un solo segundo. Al llegar a la siguiente esquina, ya me había arrepentido, pero era demasiado tarde para volver atrás, además, mi rubia walkiria ya habría encontrado otro guerrero con el que pasar la noche. Por mi parte, iba camino del muelle 5, en la dársena de levante del puerto, donde me esperaba un carguero en el que zarparía a Nueva York, el sueño dorado de toda mi vida o, al menos, de un montón de momentos de mi vida.

     Iba a viajar de polizón, sin tener necesidad de ello, pero así lo requería la aventura. Así lo habíamos planeado, mi amigo y yo, en una noche de borrachera, donde el bourbon había ayudado bastante a inspirar la aventura. Así debía ser y no de otra manera, como si de un juego de rol se tratase. Habíamos planeado hasta el último detalle, bueno, sería más correcto decir que él había planeado hasta el más mínimo detalle, ya que mi papel en aquella aventura, no era más que el de protagonista, que debía dejarse llevar por el elíptico guión que había urdido el creador. De nada le sirvió, a última hora, intentar convencerme de que todo era una locura y que no debía seguir adelante, mi excitación había ido en aumento y no había, ya nada más importante, para mí, que realizar aquel soñado viaje a N.Y.

    Unos días antes, como había planeado mi amigo, cuyo nombre jamás he conocido ni me he preocupado por averiguar, dejé mi próspero empleo en una importante agencia de seguros y abandoné mi apartamento, sin equipaje alguno, para albergarme en una habitación de hotel de cuarta categoría, junto al puerto. Allí comencé mi vigilia y una concienzuda preparación psicológica para enfrentarme a mi nuevo destino. Aquello se había convertido en algo vital para mí y lo afronté con todo el rigor y la seriedad que me fueron posibles. Sobre él pesaba la responsabilidad de atar cada uno de los cabos de aquella empresa. Mi misión consistía simplemente en enfrentarme a mi destino y tratar de salir victorioso del lance. El resto de mi vida estaba esperando al final de aquel viaje y debía afrontarlo con máxima serenidad. 



CAPITULO II


Sortear la vigilancia del muelle y alcanzar la escalerilla del buque, no fue tarea difícil. Mi confidente me había asegurado que a esas horas, estaría todo dispuesto para zarpar y nadie aparecería por allí. Subí, ocho o nueve escalones, en busca de esa comodidad, que solo un polizón de categoría sabe distinguir entre los escalones de una escalerilla de babor. Hacía frío. En el hotel, me había preparado una manta con el propósito de abrigarme en la travesía, pero con las prisas, lo había olvidado en aquel piojoso antro de la rubia walkiria. Así que, con más resignación que valor, me levanté el cuello del chaquetón y me acurruqué, pegado al frío casco de la nave. Estaba cansado y llevaba varios días sin probar bocado (últimamente, las cosas no habían ido todo lo bien que era de desear), y seguramente, mi aspecto no ofrecía mucha confianza, pero nadie me buscaría allí y si se asomaban por la borda, no me verían pues el toldo de la escalinata me protegía. Cerré los ojos y me abandoné al sueño: tenía una cita.

Fue fácil volver a invocar su rostro, aún no se había borrado aquel soplo gélido de mi nuca. Y allí estaba, del otro lado de la realidad, espléndida como la dama mayor de unas fiestas. Hablaba en un idioma incomprensible, pero me daba igual, no hace falta ser políglota, para atender el idioma de las caricias. Se acercó muy lentamente, como temiendo una nueva huida por mi parte, pero aquí no había espejo, todo estaba del derecho. Sus manos tantearon el terreno: un brazo, una mano, la cintura, la cara... saboreando su victoria, recreándose en el placer de la pieza recuperada, tras la persecución. Supe, entonces, que pertenecía al mundo del espejo, que si hubiera vuelto la cara en el bar, no habría encontrado sujeto. Sin querer, había contraído una cita con ella, aquí, en el mundo de los sueños, donde ambos éramos reflejo. No había huido de ella, simplemente había corrido todo aquel trecho, había atravesado el puerto y sorteado a los vigilantes, para venir a caer entre sus brazos, en el noveno escalón de babor de un carguero, que en ese preciso instante, zarpaba rumbo a Nueva York. Ella lo sabía, lo había sabido todo el tiempo y sin moverse de su sitio, había estado esperando. La vida corre en círculos viciosos y todo vuelve a su cauce. Ahora, recobraba con sus caricias el tiempo perdido. Por mi parte, no encontraba nada mejor que hacer. Caricias y abandono, besos y caricias...

De pronto, sus manos se cerraron sobre mis hombros y noté como se desmigaban mis clavículas entre sus dedos. Abrí los ojos asustado. A mi espalda, recio como un acantilado, un gigantón, vestido como un auténtico lobo de mar, me miraba fijamente, tras una espesa barba negra, con cara de muy pocos amigos y sin articular palabra. Me estaba estrujando los hombros.

"No te preocupes, está todo controlado". Mi confidente nunca había fallado en una información. "Nadie aparecerá por allí antes de arribar a puerto neoyorquino". Estaba seguro. Entonces, ¿qué hacer, volver a cerrar los ojos para continuar mi juego erótico o aceptar que me habían atrapado e intentar convencer a Barba Negra, de que todo había sido un error y que me había quedado dormido sin querer en aquella escalerilla? La presión de sus manos sobre mis doloridos huesos me sacó de dudas. Con un gesto de su cabeza me ordenó que le siguiera. No creí oportuno contrariarle, entre otras cosas, porque la sola idea de saltar al mar, me aterrorizaba. Me incorporé con parsimonia, en un estúpido intento de aparentar tranquilidad, cuando todos los centímetros de mi cuerpo tiritaban, bien por el frío de la noche, bien por el miedo que me acaparaba la médula. Por un momento reviví la sensación que, cuando niños, experimentábamos, cada vez, que nos sorprendían haciendo alguna diablura. La situación era similar, estaba tres escalones más arriba, lo que me obligaba a mirarlo desde un ángulo, hacía tiempo olvidado, en evidente inferioridad de condiciones, con omnipotencia. Parecía una estatua y yo me sentía ridículo.

Subí la escalerilla lentamente. Su paso era pesado. Todas las luces del barco estaban encendidas y la cubierta llena de ¿confeti y serpentinas? Yo pensaba que... Todas aquellas bombillas de colores encendidas... me sentía como en medio de una avenida la víspera de Navidad. ¿Y aquella piscina tan bien cuidada y rodeada de tumbonas? Todo parecía descartar la idea de un carguero. Con las prisas...
¿Cómo pude errar de aquella manera?

Estaba metido en un buen lío. Automáticamente, comencé a maquinar. Había que encontrar una buena excusa, alguna, tan increíble y ridícula, que todos se las creyeran. Era prácticamente imposible...

"Ciudad Descola" ¡Un momento! El nombre en los salvavidas... Ese era el nombre que me había dado mi confidente. Estaba en el barco indicado. Él lo había dicho bien claro: "Muelle cinco, Ciudad Descola, a las doce y veinte de la noche, un carguero panameño...", además, estaba aquella enorme grúa y toda la estructura en sí del buque. Me atreví a preguntar a mi captor el por qué de todas aquellas luces y comodidades, él seguía caminando como un zombi (un zombi sordo). No hubo respuesta. Parecía algo primitivo y, por supuesto, poco sociable. Caminamos por un sinfín de pasillos y escaleras, despacio, como en una visita turística. Se detuvo frente a la puerta de un camarote. Con otro gesto de su cabeza me ordenó que me detuviera. Sería el despacho del capitán, supuse.

-Dentro de diez minutos deberá estar en el salón. Se baja por la escalera que hay al fondo del pasillo. La cena es de gala.

-Pero...

Fue todo cuanto dijo. Dio un giro sobre sus pies y se alejó por el pasillo, como si no nos hubiéramos tropezado nunca. Llamé a la puerta. ¿Qué habría querido decir con aquello de la cena de gala? ¿Me habría despertado realmente o aún seguía durmiendo? Nadie contestó. Llamé nuevamente a la puerta con el mismo resultado. Parecía no haber nadie dentro del despacho o, si lo había, era más parco en palabras que mi cicerone. Abrí la puerta con cuidado, parecía que estuviera protagonizando una película de espías. Aquello no era un despacho, sino un camarote. Y por todo lo que estaba viendo, de primera clase. Sobre la cama, un frac recién planchado y ¡mi manta! doblada cuidadosamente. ¿Qué era todo aquello? ¿Se suponía que debía ponerme el traje? La cena es de gala...

Aquello empezaba a ponerse interesante. De modo que, no solo no se recriminaba mi conducta, además, se me invitaba a cenar. No era mala idea, sobre todo, teniendo en cuenta el tremebundo sonido de mis tripas vacías. El traje me quedaba estupendamente, ni hecho a medida, los zapatos, sin embargo, me apretaban un poco.




CAPITULO III


A los nueve minutos exactos apareció mi cicerone. Lo seguí, en otro paseo, por un laberinto de moquetas, mis pies empezaban a torturarme, se detuvo ante una puerta de madera tallada y me indicó con la cabeza (empezaba a caerme gracioso este gesto), que siguiera adelante. Tengo que reconocer, que todavía no las tenía todas conmigo. Caminé hacia la puerta dudando, pero mis dudas se disiparon instantáneamente: La puerta se abrió y brotó el bullicio. El enorme salón de actos, que tenía ante mis ojos, estaba increíblemente insonorizado, pues dentro del silencio exterior del carguero solitario, me encontré con la juerga del siglo. Había más gente, que en un mitin, bailando tranquilamente algunos, alocadamente otros, al son de una orquesta. Tangos, valses, polcas, charlestones, rock. Sin embargo, algo llamó mi atención poderosamente: un flash. ¡La orquesta interpretaba, una y otra vez, incansable, la misma pieza de Debussi.

Un criado con librea golpeó en el suelo con su bastón y voceó:

-¡El señor Richi Castelfiori!

No salía de mi asombro, aunque ya empezaba a encontrar normal todo aquel guirigay. La música se interrumpió, los trompetistas se pusieron en pie e interpretaron el toque de fanfarrias, al tiempo que la multitud que ocupaba el regio salón prorrumpía en aplausos y vítores hacia mi persona. Me sentí importante. ¿Por qué?

Casi sin darme cuenta, los miré a todos, arrogantemente por encima del hombro. De modo que era eso: una piara de burgueses que se habían reunido para agasajarme.

Una gorda, con cara de morsa, embutida en un traje de noche negro, seis tallas menor de la necesaria, se abalanzaba peligrosamente hacia mí, con sus fofos brazos extendidos.

-¡Queriiiiiiiiiido Richi! ¡Le esperábamos impacientes! ¡Venga, venga, le presentaré a algunos amigos!

Su mano semejaba un guante de goma hinchado, se detuvo unos segundos ante mi rostro, que no esbozó el más leve gesto. Luego, intentó tomarme por el codo, cosa que, con un hábil gesto, rechacé. Me condujo, entre reverencias, a la mesa. La gente se miraba entre sí y me miraba a mí, se comentaba cosas al oído y reía sin parar, como cotillas de escalera. Se reía mucho aquel hato de imbéciles. Menudo susto me habían hecho pasar, me daban ganas de empezar a repartir bofetadas, a diestro y siniestro, entre aquella masa de pelotilleros y aduladores. Con su obsequiosidad pegajosa, estaban estropeando mi viaje a N.Y.

Ocupé la cabecera de una larguísima mesa, a cuyo margen, cientos de pingüinos, focas y morsas de la Jet Set, se intercambiaban estúpidamente, unos con otros, para poder contemplarme, como en una parodia de ballet glaciar. . Había material de estudio allí y por un momento, me abandoné al placer de la contemplación, son tan peculiares esos jilipollas. Charlan y charlan, charlan y charlan y nunca dejan de charlar, para decir nada. Se tocan una oreja, se pellizcan la barbilla, agarran a su interlocutor por el antebrazo y le cuentan algo al oído, sin dejar de mirar hacia otra parte, cabecean, sueltan risitas, siempre en corritos. Solos, son nada. Ellas son bastante más escandalosas, lucen sus pechugas con arrogancia, ignorando deliberadamente, que la carne fofa no resulta agradable a la vista. Gastan hectolitros de perfumes carísimos, ignorando también que, el olor sin dosis empalaga. Ríen con una mano delante de la boca para ocultar sus depredadores colmillos, extremadamente desarrollados en esa especie y se descuartizan, unas a otras, con una simple mirada. También van en manadas y hablan todas a la vez.

Pero había algo más interesante que toda aquella fauna. No recordaba manjares tan copiosos y bien presentados, en mi vida. Esa gente sabe lo que se come. En media hora, tanto mi estómago, como mi paladar, se hallaron saciados de exquisiteces culinarias. Entre bocado y bocado, levantaba la cabeza, aparentando interés y agrado por los cumplidos que me brindaban los oradores. Pero había cierto fondillo de suspicacia, que no había desaparecido de mi interior. Durante toda la comida, aquella gente no paró de reír ni un instante. Me miraban y se reían. Continuamente, se levantaban oradores que pregonaban discursos, la mayoría en mi honor, pero nadie les prestaba la menor atención. Hablaban entre ellos y se asomaban, de tanto en tanto, a mirarme. A veces, daba la sensación de que se reían de mí, que de alguna forma, iba a ser víctima de alguna broma de mal gusto. ¿Pero cómo iban a atreverse? ¡Eran tan simples los pobres!

Arrellanado en mi butaca, contemplaba toda aquella galería de caricaturas, con un Montecristo en la boca y un sabrosísimo Royal Salute en copa de Murano. Había que agradecer, a toda aquella chusma, que se hubieran molestado en prepararme la sorpresa, aunque me dolieran tanto los pies. Por eso, cuando un viejo, con cara de chivo, me concedió la palabra, me puse en pie. Silencio expectante.

-¡Gracias!

Prorrumpieron, nuevamente, en una salva de aplausos y vítores, que me impidió articular ni una sola palabra más. Mi anfitriona se acercó nuevamente a mí. Se le había corrido ligeramente el maquillaje y presentaba un aspecto vulgar, casi pornográfico. Me miraba con ojos lascivos, babeando y me invitó a seguirla, a través de la muchedumbre, que se abría a nuestro paso.

-Hemos preparado una sorpresita para usted. Un juguete erótico.

Sus palabras estaban llenas de ponzoña. La cohorte de camareros blancos, que nos había servido durante la cena, apartó mesas y sillas, dejando una enorme pista en el centro. Lo que aquella degenerada llamaba juguete, no era ni más ni menos, que una cacería humana. A una palmada suya, unas doscientas chicas, desnudas y embadurnadas de aceites, irrumpieron en el salón entre gritos de alborozo y pellizcos. 

- ¡Comienza la cacería...! – se oyó.

La jauría arremetía contra las chicas, que intentaban escapar de sus garras como podían. Los cuadros obscenos se repetían ante mis ojos, a la vez que seguía martirizado por los zapatos. Todos se habían desnudado del todo o en parte. Un viejo asqueroso intentó desabrocharme la ropa, pero de un empujón fue a mezclarse con la chusma. Comenzaba a encontrarme muy incómodo. Me asquean estos entretenimientos burgueses, esos actos libertinos. Las chicas de la calle acceden a desnudarse para ellos, ante la perspectiva de un buen puñado de billetes y un banquetazo, digno de una orgía romana. Siempre es mejor pasar una noche en un lujoso crucero (¿era un carguero?), que hacer la calle, pura y dura. Aun a riesgo de sufrir algunas magulladuras. No podían imaginar lo condenadamente desquiciados que estaban aquellos carroñeros, que se echaban sobre ellas y se las disputaban a tirones, como las faldas en las rebajas. 

Aproveché un momento en que el caos era total para salir de allí. Iba repartiendo codazos y patadas a discreción, entre aquella masa informe de carne blanda. Las focas chillaban excitadas, revolcándose en champán francés y esputando obscenidades, como presas de un exorcismo. Los pingüinos, despojados de sus elegantes trajes, reventaban bajo mis pies, desprovistos de toda personalidad. La orquesta seguía interpretando Debussi.

En un rincón, junto a la puerta de emergencia, mis ojos tropezaron con dos pupilas dulces y desdichadas. Pertenecían a una de las chicas. No contaba más de catorce años. Una vieja babosa, con la peluca de medio lado, se había derramado sobre ella y la chupaba repugnantemente.

Me acerqué a ellas, hundí un pie en el costado de la vieja borracha, que articuló un gemido inhumano y salió corriendo en busca de otra presa. Ayudé a la niña a incorporarse y la cubrí con un abrigo del guardarropa. Luego, salimos juntos de aquel zoológico. Me quité, por fin, los zapatos. Recogimos mi ropa en el camarote y subimos a cubierta.

Desde arriba no podía oírse el rugir de la fiesta. El aire fresco del mar nos despejó. Mi compañera tiritaba, agarrada a mi cintura. La abracé. Luego, arropados bajo la manta, que había robado del hotel, nos acurrucamos en la escalerilla de babor, a buen recaudo. Ella parecía muy asustada. La tranquilicé: Nadie nos buscaría allí. Mi confidente nunca había fallado una información. Además, en siete horas llegaríamos a N.Y.


………



lunes, 19 de marzo de 2018

UNA OBRA NORMAL





            Sobre las diez de la mañana, poco más o menos, vino a verme Jarry. En el tocadiscos sonaba un rock and roll de los sesenta. Entró y se desparramó directamente sobre los cojines.

- ¡Vengo hasta los cojones, tío! – descargó - Resulta que subo en el autobús, que estaba medio vacío, y cuando voy a bajar, hay una vieja delante de la puerta, - hablaba como si le hubieran dado cuerda - entonces, le toco en el hombro, así, con dos dedos, y le pregunto que si iba a bajar y la tía, se da la vuelta y empieza a dar gritos, ¡que no le metiera mano!, ¿te imaginas? – estaba cabreado de verdad - ¡La muy puta! Me ha montado un número de la hostia. Menos mal, que una tía, que también iba a bajar, le ha dicho a la vieja que no se enrollase, que yo no le había hecho nada. ¡Qué mal rollo, tío! Le hubiera pegado una patada en la boca. ¡La muy hija de puta!

            Como vi que se estaba poniendo histérico, abrí un par de cervezas y me senté a su lado para liar un canuto. Jarry seguía moviendo la cabeza y haciendo muecas con la boca.

            - Venga, tío, déjalo ya, – le animé - ya ha pasado, no vas a amargarte el día por una chorrada.


            - Es que no lo puedo remediar. Esto no hay quien lo aguante. Es absurdo que ya no se pueda ir por la calle sin que la primera vieja cerda que te encuentres te monte un número. Esto va a acabar muy mal, tío, en serio.

            Nos bebimos un largo trago, como preparándonos para una conversación extensa.

            - Yo creo que lo mejor es pasar de todas esas malas historias. Si te estrujas el cerebro, pensando en ellas, es mucho peor. Ten…

            Le enchufé el canuto en la boca y se lo encendí. La punta se puso al rojo vivo.

            - Vamos a hablar de otra cosa – dije.


            - Esto está mucho mejor, - me dijo, después de soltar una gran bocanada de humo, con unos ojos, que ya parecían dos amapolas.

            Se levantó y quitó el disco que estaba sonando, lo guardó y pinchó el Sleep Dirt de Frank Zappa, al tiempo que me preguntaba que qué estaba haciendo.

            - He acabado un cuento nuevo – le dije.


- ¿Ah, sí, y de qué va?


            - Es una historia de amor. Un tío que se enamora de una tía, pero ella no le quiere…

            - ¡Tío, eso es una vulgar y corriente historia de fotonovela, no me decepciones! – me reprochó con cara de asombro.


            - Ya ves, de vez en cuando, me gusta escribir paridas – contesté.


            - Bueno – farfulló con resignación - a ver, ¿de qué va?
           
            - Pasa de oírla, tío, no te va a gustar – le dije, casi con mala leche.

            Y es que, la verdad, a mi me gustaba el cuento. Lo encontraba bonito de verdad, como esas novelas rosa, que te encuentras a veces y te hacen llorar. Y que después haces desaparecer, porque te da vergüenza haberte enternecido con eso.

            - Venga, hombre, no te mosquees – me dijo, disculpándose -, Seguro que no es una vulgar historia de fotonovela. Con una mierda se puede hacer una estatuilla cojonuda, si el que la modela se enrolla bien. – me convenció.


            - Sabes hablar, colega, eres el mejor pelota del universo.


            - No te enrolles y escupe.

            Le pegué una calada gigante al porro, el humo me calentó los pulmones. Se lo volví a pasar, aguantando la respiración. Después de soltar el humo lentamente, entorné los ojos y respiré hondo.

            -Bueno, – comencé - la historia es de un tío, que un día, en un festival de disfraces, se hace amigo de un hippie. El hippie y él se llevaron de puta madre durante todo el tiempo del festival, que duró unos tres meses.


            - ¡Joder, que festival!


            - Si, es en un pueblo de las afueras y lo organiza el Estado. Sólo para jóvenes y todo gratis.

- ¡Cómo mola! Dime dónde está esa ciudad. –bromeó-

- Como digo, se llevaron muy bien todo ese tiempo, así que, cuando volvieron a la ciudad, siguieron viéndose. El hippie vivía en una onda muy especial y esa marcha le atraía a nuestro amigo. Así, que se vio de pronto metido de lleno en aquel ambiente. Generalmente se reunían todas las tardes en algún parque. Hay también dos tías. Una es la compañera del hippie y la otra, una amiga. El tío, que aún no se como se llamará…


            - Llámale X.


            - Vale. X se enamora de la amiga desde el primer momento.


            - Un flechazo.


            - Exacto, un flechazo – Jarry parecía estar empezando a interesarse.


            - No me digas más, – dijo como soñando burlón -. La tía es rubia con una melena larga y sedosa que le llega hasta la cintura y es dulce y muy guapa. Y…


-¡Qué va! – le atajé - Es una tía normal, bastante normal. El mismo X no se explica cómo ha podido enamorarse de esa manera, pero está completamente embobado con ella.


- ¡Vaya! – parecía asombrado.


- Va pasando el tiempo – continué - y X está cada vez más obsesionado por la tía. Cuando se encuentran todos en el parque, se sienta a su lado y empieza a hablar de cualquier cosa, para romper el hielo, porque la tía no es muy comunicativa, y poco a poco, lleva la conversación a los temas que a él le interesan, para conocer más a la chica, pero a pesar de que lo hace, casi con maestría, siempre le llega el momento en que choca con una fortaleza gélida que se monta la tía para proteger su intimidad. El tío está desesperado porque no consigue sacar nada en concreto. Entonces, decide lanzarse, a ver que pasa y, una tarde, mientras se toman una copa en un bar, se lo cuenta. La tía se queda sorprendida porque no se lo esperaba. En realidad nunca se le hubiera pasado por la cabeza que un tío como X le pudiera plantear aquella situación.


- ¿Cómo es X? – Jarry parecía que empezaba a tomarse interés por la historia. Se levantó y fue a por su segunda cerveza – toma.


- Gracias. Verás, es un buen tío. Feote, noble, tímido, ya sabes, el típico buenazo con un corazón muy grande, que resultaría atractivo, si no fuera porque tiene una cara que parece un culo y, a veces, para más inri, sin darse cuenta, se pone de un paliza inaguantable. Pero, se le soporta porque es un tío sano y no se entera de lo pesado que puede llegar a resultar. La gente le quiere…


- O sea, que lo lleva claro con la tía. Macho, tu eres un sádico. Podías ponerle también que le sudan los sobacos, le cantan los pies  y la boca le huele a culo.


- ¡Coño, qué le vamos a hacer, la vida es así de dura. El mundo está lleno de gente sin ángel. Pero, déjame que siga. Ella trata de eludir el tema y de cambiar la conversación, pero a X le ha costado un huevo dar el paso y no se resigna a dejarlo. Así que la tía se ve obligada a contarle un rollo, para no hacerle daño. Le dice que no puede ser, que él no la conoce bien, que si la conociera, no pensaría lo mismo y todo eso. X se traga toda la bola y, lo que es su propio problema, lo interpreta como un problema de ella. Piensa que lo que ocurre es que ella tiene una mala opinión de si misma, algo así como un complejo de inferioridad, ¿entiendes?


- O sea, que el muy capullo se piensa que la tía está loquita por él, pero que por algún trauma, no quiere enrollarse – Jarry se había metido de lleno en la historia y me hablaba con mucho interés.


- ¡Exacto! Y entonces, empieza a estudiarla con más intensidad porque está convencido de poder quitarle cualquier mala historia que tenga en la cabeza. Pero, una y otra vez, se va pegando contra la muralla autodefensiva y no logra sacar nada en concreto.


- Dame un cigarro. - Jarry estaba calentando el chocolate para liarse otro porro. Era como un ritual verlo allí sentado liando, todo un ceremonial, calcado de una vez a otra: con la punta de la lengua humedecía el cigarrillo a lo largo y luego le extraía una tirita de papel, volcaba el tabaco sobre la palma de su mano y con tres dedos de la otra hacía la mezcla dando pequeños pellizcos, luego tapando la mezcla con el papel, le daba la vuelta sobre la otra mano… mientras, prosigue - Pero, si la tía se encierra tanto en su defensa, será que a lo mejor tiene alguna historia rara en verdad…


- Y la tiene, pero X no es capaz de hacerle hablar, aunque, como nada es absolutamente imposible, alguna que otra vez le consigue sacar algo, pero no lo suficiente, como para tener la certeza de qué es lo que la preocupa. Tan solo descubre algo seguro: ella nunca ha tenido cariño de nadie. Entonces, se propone reparar esa necesidad, haciendo lo que realmente está deseando desde el principio y empieza a caerle con tonterías.

Mi amigo me acercó su regalito. Lo encendí y me quedé colgado. En realidad, aún estaba colocado del anterior y de los anteriores… la mente se me iba y no podía controlarla: Gatos con tres cabezas… ¿tres cabezas? Tres cabezas, gatos y leones con tres cabezas. De pronto, la voz de Jarry me hizo reaccionar.

            - ¡Eh, tío, que te has quedado colgado! ¡Baja, hombre, que te estoy hablando!


            - ¡Uf, estoy muy colocado…! – dije con la lengua acartonada y el paladar reseco - Creo que me voy a tomar otra cerveza fresquita.


            - Buena idea.- asintió Jarry.

            Nos levantamos y fuimos hasta la cocina. Cogimos un par de cervezas heladas y nos sentamos sobre el mármol del fogón. Jarry seguía dándole vueltas a lo de X y la chica.

            - Ese tío de la historia se ha metido en un mal rollo. Aunque, la peor parte se la lleva la chica. ¿Te imaginas, lo jodido que tiene que ser aguantar a un palizas que, además, está enamorado?. Joder, es un mal rollo para la pobre chica.

            Parecía estar muy afectado por la suerte de la protagonista de mi cuento.

            - Al final, ella lo manda a la mierda ¿no? – preguntó esperanzado.


            - No. Resulta que, como el tío no es mala persona, la chica se encariña de él y, para no hacerle daño, cada vez que es acosada, intenta salirse con evasivas. Y él lo interpreta como que ella quiere, pero no puede y que, en el fondo, está realmente enamorada de él.


            - ¡Coño, menudo lío! Una situación así no puede aguantar mucho. Es imposible vivir de esa manera. – Jarry soplaba y resoplaba, afectado, no solo por la historia, él también había fumado lo suyo.- Entonces, la tía se enrolla con otro y X se queda tirado ¿no?


            -Te equivocas otra vez. Ella es una especie de loba solitaria. Pasa mucho tiempo apartada de los demás e, incluso cuando está en el grupo, permanece callada, observando. En cuanto a enrollarse con algún tío, es algo que nunca se puede relacionar con ella, ya que resulta inaccesible por su forma de ser.


Jarry parecía llegar al colmo del asombro.


            - ¡Joder, esto es todo un drama! ¿Qué es lo que pasa entonces?


            - Lo que pasa, es que, como tú bien has dicho, una situación así no se puede aguantar por mucho tiempo. Y nace otro tipo de relación, más extraño, si cabe, alimentado por la obstinación de X por no ver la realidad. Él se convierte en su sombra y la colma de atenciones. Algo así, como un novio místico, de esos, que aguantan un largo noviazgo de abstinencia amorosa, esperando que llegue el día en que su amada se decida a consentir. Y la chica aguanta con resignación aquel mal rollo, que llega a asquearle algunas veces, por no decirle claramente a X que se vaya a hacer gárgaras con toda esa historia. Si alguna vez no puede contenerse y se enfada con él, lo único que le dice es que se deje ya de comedias y que no se burle de ella. Y, como te puedes imaginar, esto hace que el tipo se pique, aún más, con los malditos complejos de la chica y se desespere, al no conseguir romper aquella barrera absurda, que lo separa de la felicidad.


            - No sigas, tío – me interrumpió Jarry -, no puedo más. ¡Me estás destrozando los nervios con ese par de gilipollas! ¿Cómo se puede ser tan idiota? – Estaba furioso, de nuevo.


            - ¡Eh, no te cabrees, otra vez, que no es más que un cuento!


            - Mira, sabes que no puedo soportar a la gente que no es clara. Simplemente eso. A mi me gusta que me vengan siempre de frente, con la verdad por delante.

            Le expliqué a Jarry que los chicos de mi cuento, no es que fueran mala gente, sino que, simplemente, las circunstancias de la vida habían hecho, de ellos, dos seres especiales y que si se enrollaban mal, no era por culpa suya, sino por que eran así y no podían remediarlo. Pareció estar de acuerdo, pero añadió:

            - De todas formas, no me negarás que acabas de parir dos seres bastante tontos.


            - Es cierto – reconocí -, pero en la vida real también los hay.


            Permanecimos en silencio algunos minutos, pero en seguida, Jarry se sintió intrigado.


            - ¿Cómo sigue?


            - Fue pasando el tiempo. X se acaramelaba con la chica, intentando no pasarse, aunque no siempre lo lograba. Y ella aguantaba estoicamente el chaparrón diario. Pero llegó el momento en que X no pudo más y le propuso nuevamente que lo intentaran, al menos por un tiempo.


            - ¡Joder, qué persistente, el tío! Yo creo que, después de aguantar tanto tiempo al pie del cañón, se merecería que tú, que eres su dios y hacedor, le dieras una oportunidad y no tanto puteo – sugirió Jarry.


            - Si, eso estaría bien – reconocí - pero te olvidas de que la chica no lo puede asimilar. Resulta totalmente imposible para ella cualquier tipo de relación íntima con X.


            - ¡Mierda! – protestó - ¡Tampoco es para tanto! Hemos quedado en que el tipo no era mala persona y que, aparte de esa historia, se solía enrollar bien por lo general. Así, que la tía podía hacer un sacrificio, digo yo, y olvidarse de la cara de culo del tío. Porque, al fin y al cabo, lo quería ¿no?


            - Si, pero no en el sentido emocional – aclaré -, sino a un nivel puramente amistoso. Además, puede haber alguna razón más profunda que obligue a la chica a portarse así, algo que esté escondido en lo más profundo de su persona y que nadie haya podido descubrir aún.


            - ¿Por ejemplo?


            - Pues, por ejemplo, si pensamos en que, no solo no le atrae una relación con X, sino que, parece que rehúsa la relación íntima con cualquier tío, eso podría estar motivado por alguna experiencia anterior, posiblemente de la infancia, de la que saliera traumatizada.


            - ¡Ah, mira, eso es otra cosa! A lo mejor es cierto que está enferma…


            - No sería una enfermedad, sería un trauma. El tiempo va pasando y las cosas adquieren matices insospechados de una tirantez que llega a rozar a veces con la crueldad mental. Hasta que un día explota todo y la tía se va. Entonces, X se queda muy tirado. Al cabo de un tiempo, en una charla con el hippy y su mujer, X reacciona de pronto, como si se despertase de un mal sueño, y ve claramente todo el daño que había estado haciendo a la tía. Pero ya es demasiado tarde para remediarlo y, martirizado por el sentimiento de culpa, decide suicidarse. Y así termina la historia.

            Jarry estaba mirándome con la boca abierta. Era evidente que el final no le había gustado en absoluto y así me lo dio a entender.

            - ¡Coño, tío! ¡Te has enrollado muy mal con esos pobres chicos! Les podías haber buscado un final más feliz… No se… No digo que se casaran, pero… ¡Joder, la hostia! ¡El suicidio…!
           
            No contesté a esta última observación. Me levanté, fui a la cocina y preparé café. Jarry siguió pensando, en su sillón, con aire insatisfecho. De pronto, pregunto:

            -¿Dónde viven, en la ciudad o en el campo?


            - En la ciudad.

            Se levantó de un salto del sillón y vino corriendo a la cocina con la cara iluminada y radiante de felicidad. Como si hubiera encontrado la solución a sus preocupaciones.

            - ¡Claro, tronco! Por eso se enrollan tan mal. – dijo - Lo que deberías hacer es perdonarle la vida al coleguita X y, un par de páginas atrás, empaquetarlos y mandarlos a vivir al campo. Allí todo cambiaría. No te puedes imaginar, lo que nos jode la vida vivir en la ciudad.

            No me pareció mala idea y le dije que estudiaría seriamente esa posibilidad. Nos tomamos un par de carajillos de ron, cada uno y estuvimos hablando de los libros, discos y películas que habíamos comprado últimamente, para terminar maldiciendo de nuevo a la vieja zorra del autobús.

            A las ocho de la tarde, Jarry se levantó para marcharse. Le acompañé hasta la puerta del ascensor. Antes de que la puerta se cerrara, me volvió a recordar lo del viaje al campo.

            - No seas mierda, tío. Hazles un favor, criaturillas…


            Asentí  con la cabeza. Jarry apretó el botón y desapareció tras la puerta del ascensor. Yo regresé a la mesa, recogí las cuartillas del cuento, las enganché con un clip y busqué la última página. Escribí FIN, bajo el último párrafo, al tiempo que las lágrimas no pudieron ser contenidas por más tiempo y comenzaron a bañar mis ojos.

            - ¿Soy un cabrón como dios? o ¿Soy un cabrón, como Dios…? No sé…